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Columna

Comerse al amigo

No es bueno, ni recomendable y tampoco es saludable. Aníbal el Caníbal existe sólo en la ficción cinematográfica, porque en la práctica estaría destrozado por ingerir alimentos en mal estado. No están los tiempos como para comerse a los semejantes, dejando aparte a Jodie Foster, pero incluyendo vacas, corderos, pollos y demás animales próximos a nosotros.

Sigo pensando que nuestra relación con los animales está cambiando y por eso no es tan fácil comérselos impunemente. En la sociedad agrícola nos ayudaban en las tareas del campo, tiraban del arado, mantenían reunido al ganado o nos transportaban de un sitio a otro. Hacían las tareas que no nos gustaban, eran unos esclavos agradecidos a los que cuidábamos y queríamos por necesidad. También eran alimento, pero consumido mediante ritos y mostrando siempre hacia ellos una gratitud casi religiosa.

La producción industrial de alimentos convirtió a los animales en máquinas reproductoras, víctimas de la experimentación y explotadas sistemáticamente. Producidas, empaquetadas y consumidas como objetos artificiales, perdieron nuestra amistad y se alejaron del campo para incorporarse a la empresa. Se transformaron en maquinaria orgánica de categoría inferior, y sirvieron muchas veces como ejemplo para denigrar y rebajar la condición humana del enemigo, facilitando así su destrucción sin remordimiento: alevines de esto y de lo otro, cachorros de aquí y de allá, en definitiva, animales despreciables que sólo son útiles después de muertos, mediante un procesamiento industrial para convertirlos en sustancia nutritiva para anoréxicos, empresarios y patriotas.

En la sociedad de servicios, por el contrario, nos atendemos unos a otros y siempre somos pocos para nuestras necesidades emocionales. Los animales ya no son nuestros esclavos, pero tampoco simples alimentos de una cadena de supermercados. Se convierten en amigos, representan el papel de acompañantes, son asistentes emocionales de una muchedumbre solitaria, los hijos más recientes de una sociedad de viejos.

En estas circunstancias, cada vez más nuevas y sugestivas, entra en contradicción la cadena alimentaria con el canibalismo, la necesidad de alimentarse con la miseria de comerse al amigo. Epidemias, plagas y enfermedades son el resultado creciente de esta contradicción, el trágico destino de Aníbal en el mundo real.

Ahora sufrimos las consecuencias, pero los síntomas son antiguos. Ya hace bastante tiempo, a principios del siglo pasado, un novelista decía que la sombra de los millares de animales torturados y asesinados pesa sobre nosotros como una maldición, y su sangre clama venganza. Pobres de nosotros, añadía, si el alma de un solo caballo se encuentra entre los acusadores del Juicio Final.

Mi temor no llega a tanto. No tengo nada en contra de los vegetarianos, pero tampoco a favor. Como occidental me siento profundamente omnívoro, incluyendo entre las posibilidades de ingesta tanto a los amigos como a los semejantes en general. Pero habrá que abandonar la industria para rehabilitar los ritos de la restauración personal. Hay que reconocerlo, la liturgia es necesaria hasta para comerse al amigo.

jseoane@netaserv.com

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