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REPORTAJE: A TRAVÉS DEL PAISAJE

El brillo de la oropéndola

ALFREDO ARGILÉS 19/08/2008

 
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La oropéndola es pájaro de sonoro nombre y fino silbato, que toma su apelativo de las plumas de oro que los machos parecen tener sobre sus cabezas y lomos, lo cual le permite cobijarse en las alturas de los árboles, donde el sol todo lo iguala y amarillea, quedando así libre de molestas observaciones y más molestos disparos, sean de plomo o de fibra, o de peña, producidos por zagal armado de tirachinas.

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En la China mayor el ave es preludio de primaveras, bodas y alegrías, y en nuestra tierra -y en todas las demás- se significa por ser señal de aguas abundosas, acompañadas de los árboles que son propios de la humedad, cual los chopos, que les sirven de cobijo y atalaya.

Y dado que la oropéndola es propensa al agua, y las vegas parece que a ésta contienen, y sabiendo que el río Segura ha no mucho tiempo fue fluido regante de una vega como la que de él toma nombre, y conociendo que allí moran las aves que describimos, no debemos extrañarnos de que la famosa ciudad de Orihuela tomase su topónimo del pájaro que, en fino, en antiguo y en latín, dábase en llamar oriol.

Hablamos del Segura y se nos aparecen las grandes inundaciones, que en tiempos no muy lejanos hicieron temer a los pueblos y las ciudades que a su paso se encontraban, pero ya no es así. A su paso por las tierras el fluido que contiene disminuye a ojos vistas, y al llegar a su destino que es la mar, donde Guardamar, ya no queda de él sino un mísero riachuelo.

Cierto es que en su discurrir por toda Murcia y por nuestras tierras, desde Orihuela hasta el mar, riega numerosos términos, como los de Bigastro y Albatera, Rojales y Almoradí, a los que provee de agua suficiente para que en su entorno se cultiven hermosas y feraces huertas, que van siendo suplantadas por infinitas casas y otro tanto de naranjos en una batalla perdida de antemano. No obstante, valgan por ahora los pimientos, las ñoras, las alcachofas, y todos los frutos que en la vega se cultivan y que proporcionan ingredientes para las comidas que allí se hacen. Los arroces con verduras, cuando no ellas, sin ninguna compañía, cocidas, asadas, fritas: inmejorables.

Además, los guisos de conejo, y con algún más inusual animal, como es el pavo, o la pava, por mejor decir; y además borracha, que tan escándalo se logra haciendo ingerir al ave, poco antes de morir, algunas dosis de alcohol que dicen perfuma sus carnes, para hacer una suerte de cocido o guiso de boda, que se consume en tres vuelcos: el caldo, otro caldillo con alguna pelota de carne -a las que son devotos- y por fin la omnímoda pava, borracha pero serena.

Y después de comer a visitar las dunas y humedales de Guardamar, y asombrarnos ante la inmensa cantidad de aves que por allí se pasean. Más de ciento cincuenta especies nos contemplan y nos sorprenden con sus poses y sus nombres: zampullines, martinetes, cigüeñas, grullas, chochas, faisanes, cormoranes, grullas, tórtolas, palomas, ruiseñores...

Y por supuesto, oropéndolas


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