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ANÁLISIS: Cosa de dos

Pijoaparte

CARLOS BOYERO 29/11/2008

 
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Declaraba con sospechoso hastío Juan Goytisolo al enterarse de que le habían concedido el Premio Nacional: "Al llegar al hotel me dieron la mala noticia. Quería descansar, simplemente. A mi edad, ningún premio hace ilusión. No me presento a ningún premio, no me produce la menor emoción". Qué alentador este desdén hacia esa cosita tan prescindible de los honores mundanos y el reconocimiento académico, desmintiendo la popular sentencia de que a nadie le amarga un premio. Qué bonito encontrarse a alguien que desprecia el galardón oficial a su arte. Y piensas en lo equivocado que estuvo el desesperado John Kennedy Toole al quitarse de en medio porque ni Dios quería publicarle su memorable novela La conjura de los necios. Dudo que llegaran ecos a su nicho de que gracias a la tenacidad de su madre dándole incansable brasa a todos los editores ese libro se publicara, que los lectores fliparan de gusto y de risa con él, que le concedieran póstumamente el Pulitzer. El gran triunfador había muerto de fracaso. Como Van Gogh, como tantos desdichados geniales a los que el mundo no les hizo ni puto caso, aunque su obra siga alucinando al personal en el curso del tiempo.

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No hay noticias de que a Proust, a Tolstoi, a Kafka, a Joyce y a Borges les saliera una úlcera porque los bárbaros, miopes o simplemente miserables de la Academia Sueca les negaran el Nobel, pero el desprestigio y el anacronismo del galardón más trascendente y goloso de la literatura será carne de sarcasmo a perpetuidad, un chiste cochambroso. Que se lo pregunten a los eternos habitantes del Parnaso José Echegary y Jacinto Benavente.

Dicen que Juan Marsé frunció la ceja al enterarse de que Cervantes le había bendecido y preguntó: "¿Me ha tocado?, me lo esperaba sí y no, bueno casi no". Ningún énfasis, ninguna frase para la posteridad, ningún rencor ante el escándalo de que hubieran demorado tanto tiempo el reconocimiento a una escritura admirable, al retratista más conmovedor y profundo de la derrota cotidiana, de lo perdido, de la ausencia. Marsé, como Fitzgerald, es incomparable describiendo sentimientos, apelando a la memoria dolorida, resumiendo un universo en una frase, colocándote el nudo en la garganta. Bendito sea.

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