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ENRIC GONZÁLEZ

Textos

ENRIC GONZÁLEZ 20/08/2008

 
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Suelen deprimirme los textos que nacen subalternos, humillados desde el origen ante un lenguaje ajeno. Me refiero a los textos presuntamente "cinematográficos". El autor se esmera en alcanzar el nivel más bajo posible y recurre a conceptos de cursillo audiovisual (elipsis, ritmo, diálogos, personajes rotundos), ansioso por conseguir una obra "popular" que atraiga al público que no lee. Esa gilipollez la cometen también a veces los periódicos, y equivale, más o menos, a promocionar el turrón de Alicante en los asilos para ancianos. Me alarmo cuando alguien dice de una novela que "está pensada como una película", mala señal. El autor sólo aspira a que una adaptación cinematográfica le redima de sus miserias, creativas y económicas. La escritura es una cosa, y la imagen, otra muy distinta. Y hacer buena literatura popular es de las cosas más difíciles del mundo.

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Hay, sin embargo, textos perfectamente autónomos que podrían dar mucho de sí en pantalla. Un ejemplo: los monólogos de Ronda del Gijón, un delicioso libro de testimonios recopilados por Marcos Ordóñez. La dulzura con que Rosana Torres, amiga y compañera en este periódico, narra su infancia azarosa, o el escepticismo con que Eugenio Suárez (El Caso, Sábado Gráfico) rememora su biografía y la del café, parecen reclamar presencia física. Cada voz se escucha con tanta claridad, que uno añora a la persona y querría tenerla delante. O en una pantalla, al menos. Eso sí, tendrían que hablar como les hace hablar Ordóñez.

Otros textos, por el contrario, sugieren una independencia irreductible. Uno sospecha que su expresividad se marchitaría al menor roce y que soportarían muy mal no ya la pantalla, sino una simple traducción a otro idioma. Pienso en los cuentos de Roberto Fontanarrosa, El Negro, eximio narrador futbolístico y eximio narrador a secas. El otro día, un amigo hizo grandes elogios de las adaptaciones de esos cuentos realizadas en la televisión argentina. Dudé, pero probé. Mi amigo tenía razón: son una exquisitez. Cuando no puedan más de olimpismo, vayan a YouTube y busquen por Fontanarrosa. Ahí está todo. Si no disfrutan, si no se ríen, vuelvan a la halterofilia búlgara: lo suyo no tiene remedio.

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