La desesperación del bonzo

La imagen de una multitud que va a cuerpo descubierto y da gritos en la calle mientras que unos uniformados, intimidantes y encasquetados señores les muelen a palos, arrastran, gasean, disparan y detienen es una imagen ancestral desde que se inventaron las cámaras, ocurre en todos los sitios del universo, independientemente de las ideologías que encarnen los gobernantes (todos se llaman Poder) y te plantean el interrogante de qué fuerza superior o qué intolerables desgracias motivan el ánimo de los protestones para que se expongan a tantas modalidades de castigo físico, al terror, a la certidumbre de que los soldados del rey les van a machacar, en vez de estar tocándose los genitales en su casa y resignados al estado de las cosas.
Conscientes de que el instinto animal hace que te agarres por encima de todo a la supervivencia, cuesta entender la actitud del kamizake, del que decide morir masacrando al enemigo. Pero lo que te rompe todos los esquemas, te provoca tanto estupor como piedad, te hacen intuir el horror y la desesperación absolutas, es esa desolada gente cuya suprema forma de protesta consiste en inmolarse sin agredir al causante de sus males, los que deciden hacer una pira con su cuerpo ante la mirada de los que les han jodido la existencia. Cuentan que tres de esos estremecedores y compadecibles bonzos acaban de inmolarse en Egipto. También que el pobre y asfixiado hombre que decidió quemarse en Túnez influyó poderosamente en que la gente se echara a la calle logrando que el corrupto sátrapa saliera corriendo de su maltratado reino. Y cómo no, forrado de oro, en la certeza de casi todos los abyectos dictadores de cualquier parte acostumbran a morir de viejos, ricos, en su camita, rodeados por esa familia que tanto les quiere y les debe. En Occidente, los manifestantes no suelen inmolarse, pero está claro que la plebe se está mosqueando aquí y allá, que por muchos soldados que tengan los eternos estafadores, la brasa de la calle puede acabar en generalizado incendio.
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