ÁNGELA MOLINA 17/03/2007
João Onofre es un artista portugués que fabrica en sus vídeos un teatro en el que no hay acciones. Sus personajes quedan situados ante espacios neutros en los que potencialmente puede suceder cualquier cosa. Fantasía y realidad adquieren tintes inquietantes.
Que los cuerpos hablan lo sabemos desde siempre. "El cuerpo es el lenguaje", dice Klossowski. También lo argumentaron, pictóricamente, Ingres y Courbet. El cuerpo se "flexiona", las palabras se reflejan entre ellas, copulan, imitan a los gestos. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando una lengua y un cuerpo particulares se quedan cada uno en suspenso y pierden a sus interlocutores, cuando ya no pueden desear ni su propio silencio? En la obra de João Onofre, los cuerpos re-flexionan, se articulan en frases puramente visuales, en un teatro unilateral donde no hay acción. En sus trabajos, el artista portugués (Lisboa, 1976) filma con una cámara fija y sobre un fondo neutro a músicos y bailarines; él mismo se retrata en su estudio (Levitation in the studio, XMAN H version, 2002) con la ayuda de un mago, y el resultado es una imagen que se presenta acompañada de un certificado del laboratorio donde se ha producido la fotografía, dando testimonio de que ésta no ha sido trucada. O introduce un buitre en su taller, con el consiguiente revuelo y destrozo de objetos y papeles (Untitled. Vulture in the Studio, 2002). Siempre pasa algo, cualquier cosa puede suceder en el lugar de trabajo del artista. Sin embargo no existe acción (ni pasión), los actores especulan, pero nunca actúan.
Galería Toni Tàpies
Consell de Cent, 282. Barcelona
Hasta el 28 de abril
la galería Toni Tàpies, Onofre vuelve a tocar la línea-frontera de la representación. ¿Cómo representar la muerte?, se pregunta el artista. El resultado es una serie de fotografías documentales tomadas en los diferentes cementerios de Lisboa, retratos de todos los hombres y mujeres que viven de enterrar, de sepultar a los muertos. Los modelos de las fotografías sonríen a la cámara, llevan unas gafas de sol idénticas, posan de frente sobre un escenario iluminado con un cierto halo de misterio de película de serie B o basada en un guión de Stephen King. La muerte es una representación cogida por los bordes, sin identidad, con un presente sin profundidad, el mismo presente del músico y del bailarín, del artista levitando en su taller, que es el movimiento en una línea recta suspendida. Sin esa frontera, el cuerpo -el lenguaje- caería sobre el lado de la lógica y vencería a la muerte.
La misma ambigüedad aparece en el vídeo Thomas Dekker: An Interview (2006), una entrevista de 16 minutos a un joven actor norteamericano, en un plano fijo y un escenario neutro conducida en voz en off por el propio artista. Dekker protagonizó, cuando tenía seis años, la película de terror dirigida por John Carpenter El Valle de los Malditos (1995), interpretando a un alienígena. Onofre, fascinado por el filme, buscó a ese niño, hoy un adolescente, en Los Ángeles, y lo entrevistó como si fuera un extraterrestre: ¿puede usted adivinar lo que estoy pensando?, sus ojos tienen una mirada muy profunda -como los ojos de cobalto de los alienígenas-, ¿de qué forma le condiciona en su vida cotidiana? Las respuestas de Thomas Dekker faltan a su propia identidad como "niño marciano" y en esos momentos de perversión de sentido, el artista crea la superficie ideal donde representar el lenguaje: el niño/actor "performa" en el plano de la conciencia del artista, pero a la vez ha sido paralizado en la frontera que le separa de su pasado. Ciencia-ficción.
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