JUAN BOSCO DÍAZ URMENETA 07/07/2007
Entre las reivindicaciones políticas que se hacen a través del arte, la del tiempo es una de las más interesantes. Una muestra en Granada se dedica a este tema.
Younis vive en una pequeña aldea egipcia, llamada Roma, y sueña con un futuro diferente en la otra Roma, en Italia. Emplea los ahorros de muchos años en un salto ilegal a Europa. Sufre esperas, engaños (un primer viaje acaba en Túnez), procesos judiciales. Por fin en Italia, lo traicionan y lo devuelven a Egipto. Hala Elkoussy (El Cairo, 1974), en este vídeo, logra, con una animación elemental, que el espectador haga suyo el tiempo robado a Younis.
'El vídeo como documento del lugar'
Centro José Guerrero
Oficios, 8. Granada
Hasta el 22 de julio
En una época como la nuestra, crítica con las utopías y desconfiada de las denuncias que se han hecho proclives al espectáculo, el arte que quiera reflexionar sobre la política ha de partir de aspectos que, siendo muy básicos en las vidas de los individuos, tocan sin embargo aspectos sustanciales. Pocas cosas más sustanciales que el tiempo. En él tendemos relaciones con el mundo, amamos, construimos nuestra identidad. Quizá por eso el tiempo tuvo un valor político desde el principio de esta sociedad basada en la plusvalía y ahora lo conserva bajo diversas formas de dominación.
A ese problema apuntan la mayoría de los vídeos que componen Geopoéticas. Un excelente trabajo de Kentridge (Johannesburgo, 1955) sirve de conexión con la sociedad industrial: la vida de las gentes se traduce en cifras y se maneja desde sistemas de comunicación. En Factory, Che Chieh-Jen (Taoyuan, Taiwan, 1960) muestra que un cambio en la economía borra el pasado de muchas vidas. Samadian (Teherán, 1954) filma a una mujer que espera no se sabe qué bajo una tormenta de nieve.
El tiempo también puede recobrarse. Atay (Batman, Turquía, 1976) recoge la danza casi clandestina de dos niños kurdos en un cajero automático de una ciudad turca y Zaatari (Saida, Líbano, 1966) documenta la recuperación de una carta de agradecimiento que un grupo guerrillero dejó enterrada ante la casa que los acogió. Yang Fudong (Beijing, 1971), en la obra más importante de la muestra, abunda en la misma dirección: siete jóvenes, al estilo de los Siete Sabios de la tradición china, anteponen la autorreflexión, un tiempo propio, a los ritmos que exige la modernización china. Reivindicar el tiempo no es huir de la realidad, es el modo de hacerla propia.
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