CARLOS DELGADO 03/05/2008
Algo está pasando en el mundo tan conservador de los rosados, ese vino entrañable que muchos se empeñan tozudamente en mantener permanentemente en estado de infantilidad: juventud arrolladora cargada de aromas varietales primarios, paladar sabroso, un punto goloso, de frescura desenvuelta, para un consumo desenfadado y bien frío. Y digo que algo debe de estar pasando cuando una bodega como Chivite, que tiene en el rosado tradicional uno de sus pilares enológicos, se atreve con un vino al estilo francés, con una larga crianza de cuatro años, que ha conocido la barrica para ganar complejidad y estructura suficientes como para diferenciarse tan radicalmente de sus congéneres.
Fenómeno nada nuevo, aunque nunca se había dado con tanta radicalidad enológica. Ahí están los rosados pasados por madera, que ya no son curiosidad, sino una oferta que crece día a día. Ya apuntaban un cambio de tendencia hacia una aproximación al tinto, los rosados cargados de color, con vocación de claretes, que irrumpieron con fuerza hace unos años. No siempre fueron recibidos con entusiasmo, salvo por la crítica especializada.
Hay que tener en cuenta lo tradicional y conservador de nuestra enología, amparada tantas veces en la inercia consumista. Eso de "un rosado que va bien con todo" ha sido una creencia muy arraigada y no exenta de su parte de verdad. Naturalmente, desde esa premisa no se puede hacer nada grande.
Todo parece indicar que, finalmente, el amplio pero hasta ahora monótono mundo del rosado comienza a dotarse de una sana y oportuna diversidad de estilos.
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- 03-05-2008
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