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Miquel Barceló, el chamán del barro

JACINTO ANTÓN - Barcelona - 09/05/2009

 
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Brutal. Estremecedor. De piel de gallina. Los momentos más intensos de Pasodoble, con Miquel Barceló ejerciendo de sacerdote del barro, de alfarero sobrenatural, de demiurgo del lodo, y creando -en el más alto sentido del término- en directo, ante tus ojos, son absolutamente inolvidables. Tienen una calidad ritual, incluso sagrada y te abducen hasta aquel in illo tempore de que hablaba Eliade, el tiempo primordial en el que transcurren los mitos y donde se forjan los modelos precisos de la humanidad.

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Conste que quien escribe esto era, antes de asistir anoche a su representación en el Teatre Lliure -que se saldó con un gran éxito, con inacabables aplausos del público (entre el que se contaban Jaume Plensa, Javier Mariscal, Nazario, Daniel Giralt Miracle, Agustí Villaronga, Rosa Vergés y Baltasar Porcel)- más bien escéptico ante la performance del pintor y su socio artístico en el asunto, el coreógrafo Joseph Nadj. Incluso tenía pensado de entrada el título distanciado e irónico: "El arte de ponerse perdido". Nada de eso, imposible permanecer impávido, no digamos bromista, ante la avalancha de emoción de este contundentemente pastoso Pasodoble con el que Barceló, genio ejerciendo de lo suyo, te magrea el alma como si fuera de plastilina y te deja hecho arcilla.

Y eso que la función (se han agotado ya las entradas para todas las representaciones) empieza de manera ligera. Con el muro impoluto en el que unas ligeras pulsiones en su reverso van produciendo a manera de ampollas o burbujas. Se producen perforaciones en la materia (esa pasta a la vez lúdica y primordial, artística y excrementicia, cuya simbología tan bien describió Bachelard) y aparecen Barceló y Najd, trajeados, con aspecto de personajes becketianos o enterradores. Poco a poco se van manchando de lo lindo, primero los zapatos, luego, al arrodillarse o presionar contra el muro, todo el traje. A los 20 minutos ya están hechos unos zorros. Toman azadas y mazos y golpean la pasta ocre produciendo un golpeteo húmedo, como de palmetazo en las nalgas. Barceló salta contra la pared, dibuja líneas. Trepa, crea figuras; lanza bolas, desmocha, perfora. Trabaja más ensimismado que Nadj. El espectáculo, la ceremonia, va in crescendo. Barceló y Najd se encasquetan vasijas de cerámica fresca en las cabezas y las moldean hasta componer máscaras asombrosas, un embarrado bestiario. El estupor va deviniendo angustia y cuando Barceló convierte a Nadj en escultura viva, minotauro picassiano, y lo incrusta en el muro con maneras de sacrificador -le clava dos espátulas como banderillas-, en medio de una música ominosa, la escena se hace sobrecogedora. Un acto de destrucción y creación, que Barceló remata asperjando pintura blanca con una manguera. Él y Najd acaban dejándose tragar por el muro con un ruido de succión. En menos de una hora hemos viajado al otro lado de la realidad, el mundo de los sueños y las cosmogonías. El chamán mallorquín sale y a saludar y ríe como una ardilla.

Como dice el poema: "Me llamo barro aunque Miguel me llame...".

Más información en la página 5


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Función de Miquel Barceló
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Miquel Barceló (izquierda) y Joseph Nadj, anoche al acabar la función en el Teatre Lliure.- JOAN SÁNCHEZ

 
 
 
 
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