ERNEST FOLCH 13/05/2007
Y un día Barcelona se inventó el mar. Fue en nuestra epifanía, el verano del 92, y a partir de entonces cambiaron los colores, la luz, la dirección natural de las calles y de las conversaciones. El invento lo trajo todo: turismo, cocina y orgullo de ser de aquí.
Pero a Barcelona le queda una asignatura: el cielo. Si nos comparamos con otras grandes ciudades, no hay casi nunca ninguna intención de perfilar las nubes. Y si uno sube a un ático quedará horrorizado del caos y de las antenas mal agolpadas, pero sobre todo le sorprenderá que no hay edificios altos. Sólo las dos torres de la Vila Olímpica y la Agbar, maravilla inigualable. ¿Cómo una ciudad con tantos problemas de suelo no ha crecido hacia arriba? Quizá alguno de nuestros urbanistas debería darse una vuelta por Hong Kong y contemplar su skyline, la armonía del conjunto y a la vez la fuerte personalidad de cada construcción, para darse cuenta de que a veces hay que ser más pragmático y desacomplejado. Y que nadie diga que destrozaría el paisaje, porque le invitaré a pasear por la tremenda avenida del General Mitre. Ya tuvimos el alcalde del mar. Ahora nos falta el del cielo, el que sea valiente y crezca hacia arriba.
Tenía para Barcelona algún sueño más realizable, como esperar que esta ciudad hable catalán y lo convierta en la lengua común de todos los que vienen de fuera y nos hacen más fuertes. La conquista del cielo será más difícil, pero también inevitable. Y traerá más infraestructuras y quizá un metro que permita ir a algún sitio. Ya ven, soñar es gratis.
Ernes Folch es editor
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