ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS 04/04/2003
Juega El sueño de Valentín a ser cine con aires de ligereza y espontaneidad, casi inventado ante la cámara, pero algunos de sus giros dan pistas de lo contrario, de que es un filme muy hábilmente trabajado y en el que casi nada está dejado al azar.
Por un lado, su discurso busca líneas de menor resistencia, cosa que se percibe en que desarrolla dramáticamente una pantalla con una sucesión de dúos y más dúos, pocos y muy leves tercetos y ningún cuarteto recordable, lo que simplifica mucho y allana las cosas al director, que (al ser también el escritor) se pone a sí mismo en bandeja un guión de caramelo.
Y no es ésta la única fértil y astuta inconsecuencia de esta bonita, tierna y agradable (aunque pequeña, menor) película argentina, pues deja ver otro sinsentido en el empleo como narrador del niño protagonista, que así moldea su (un poco redicho) personaje desde fuera, lo que facilita algo que no es fácil: hacer creíbles en boca de un niño verbalizaciones de la imagen y alquimias literarias propias de un adulto.
Lo mejor de El sueño de Valentín es la intensa verdad del telón de fondo que inunda con su presencia Carmen Maura. Hace fácil cuanto hace; derrocha oficio y alma esta enorme actriz, dueña en la pantalla de un lugar expresivo sin equivalencia. Junto a ella, el niño, y buen intérprete, Rodrigo Noya se crece y logra instantes de sabia réplica a Maura, lo que es un mérito que añadir a su capacidad para decir sin que chirríen, y con ellas hacer gracia, cosas de viejo reviejo.
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- 04-04-2003
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