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CRÍTICA

Sinfonía pop

JAVIER OCAÑA 05/01/2007

 
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Nada más lejos de una biografía cinematográfica. María Antonieta, en versión de Sofia Coppola, no es el retrato de una mujer, es el retrato de una época. Un lienzo en el que queda representada sólo una parte de la personalidad de la reina de Francia: la del lujo, el capricho y el despilfarro. De su influencia política, de los sucesivos acontecimientos históricos que rodearon su vida al lado de Luis XVI, nada (o muy poco) ha querido saber Coppola.

MARÍA ANTONIETA

Dirección: Sofia Coppola. Intérpretes: Kirsten Dunst, Jason Schwartzman, Judy Davis, Steve Coogan. Género: drama. EE UU, 2006. Duración: 123 minutos.

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María Antonieta es una compleja sinfonía pop, un glamuroso estallido de color y sonido que funciona bastante bien como ejercicio de estilo, aunque sólo hasta que se hace necesario tomar partido en el desenlace. Es entonces cuando a la autora le pierde un desmedido cariño por sus personajes, por la diva de la época, por una criatura tan excesiva como banal, tan reluciente como abominable.

Como ya demostrara en las magníficas Las vírgenes suicidas (1999) y Lost in translation (2003), Coppola despliega un luminoso gusto por la estética. Su elegantísima puesta en escena, acompañada por un grandioso vestuario y por unos privilegiados decorados, luce como cualquiera de los vestidos de la soberana. Incluso un recurso en principio tan discutible como la introducción de música moderna para ilustrar su deambular por la opulencia termina siendo, no ya un elemento formal justificado, sino casi insustituible después de descubierto. Si Stanley Kubrick fue capaz de aderezar con un vals de Strauss la imagen de una nave en el espacio, ¿por qué no iban a poder sonar New Order, Air o The Strokes, símbolos de la modernidad pop de diferentes épocas, para iluminar la compleja existencia de una mujer del siglo XVIII?

A pesar de que, aproximadamente, entre el minuto 50 y la hora y cuarto de metraje la historia se atranca un tanto en la reiteración y la banalidad de sus personajes, la película es un casi constante deleite para los sentidos.

Sin embargo, un asunto es eliminar pasajes históricos y otro bien distinto que la devoción hacia sus criaturas se convierta en desmesurada. Hasta el final, con el asalto de los revolucionarios, se mantiene de forma ejemplar el punto de vista. Pero a partir de ahí todo se descontrola. La plebe parece rendirle pleitesía. Los reyes y sus hijos huyen entre los llantos de éstos, más propios del cine social que de lo contado hasta entonces. Coppola también parece enamorada del lujo de Versalles, del esplendor de María Antonieta, y así lo muestra con la salida del sol y las lágrimas en los ojos de su diva.

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