J. O. 28/03/2008
No son pocas las películas recientes cuyo objetivo reside en un estiramiento de la mirada hacia la aparentemente reluciente realidad de la nueva burguesía europea para, escarbando un poco más allá, descubrir la cochambre mental y moral que habita en algunas de sus casas con jardín y piscina. De los ya clásicos estudios psicológicos de Claude Chabrol hemos pasado al estilo de Michael Haneke, donde la punción estomacal del espectador va pareja a los extravagantes comportamientos de los protagonistas de sus películas. Y, a pesar de que su trama nos retrotraiga inevitablemente a la mítica Teorema (Pier Paolo Pasolini, 1968), hasta el citado método Haneke hay que dirigirse para analizar Pingpong, interesante ópera prima del alemán Matthias Luthardt.
Premio de la Crítica Joven en el Festival de Cannes de 2006, Pingpong está protagonizada por un adolescente, de visita en casa de unos familiares, que va a remover las vidas de sus cuatro habitantes (matrimonio, hijo y perro, importantísimo éste) hasta hacer tambalear sus códigos de conducta. El problema de la historia es que las barbaridades que se van sucediendo se producen a empellones, y no gradualmente para ir provocando más y más tensión. Como ocurre en otras películas de escenario único y estilo teatral, en las que uno de los personajes agita las mentes de los demás (El sirviente, de Joseph Losey, siempre en la memoria), las locuras que se van sucediendo deben tener consecuencias, no ya lógicas pues hablamos de acciones ilógicas, pero al menos sí catárticas.
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- 28-03-2008
Llamada desde el corazón de la batalla
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