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CRÍTICA

Un amor literario

J. O. 19/06/2009

 
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Se dice que algunos cuentacuentos tienen tal fuerza en su narración que gozan del poder de convertir una simple descripción en una persona de carne y hueso con los pies en el suelo de la realidad. Semejante base, otorgar vida mediante la lectura, potentísima para una fantasía infantil, es la que mueve el libro de Cornelia Funke Corazón de tinta, trasladado ahora a la gran pantalla por el siempre irregular Iain Softley.

CORAZÓN DE TINTA

Dirección: Iain Softley.

Intérpretes: Brendan Fraser, Paul Bettany, Helen Mirren, Eliza H. Bennett.

Género: fantasía. EE UU, 2008.

Duración: 106 minutos.

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El británico, director de películas tan distintas y tan decepcionantes como Backbeat, Las alas de la paloma o K-Pax, vuelve a demostrar su incapacidad para la brillantez visual, su falta de brío y cierta tosquedad en las secuencias de acción, sobre todo en una producción tan ambiciosa como ésta, pero el espléndido concepto que mueve la película, ideado por Funke, la redime casi por completo de sus defectos.

Huckleberry Finn, el mago de Oz, un miembro de la banda de los 40 ladrones y el rey Arturo, entre otros, desfilan por Corazón de tinta como una suerte de liga de los hombres extraordinarios en la que apoyarse vitalmente. El amor por los libros se huele en cada línea del guión y, además, esa enseñanza se transmite de forma sutil al presumible espectador perfecto, que bien podría ir desde los seis a los 15 años.

Los autores de las novelas también tienen su protagonismo, y el encuentro físico entre éstos y las criaturas de sus obras otorga un juego semejante al que el bueno de Augusto Pérez daba a Miguel de Unamuno en su inmortal Niebla.

Aroma a clásicos

La conciencia de ser un personaje de ficción es una tragedia en sí misma, y en esa tesitura sale ganando el más apasionante de los individuos que pueblan Corazón de tinta, un truhán empeñado en rebelarse contra el egoísmo que lo define, contra la codicia que le es propia, por culpa de la forma en la que fue (d)escrito.

Así, salvando las distancias, y a pesar de las carencias visuales, en variados momentos la película tiene el aroma de clásicos modernos como La princesa prometida (Rob Reiner, 1987).

Como si aquel niño interpretado por Fred Savage, al que leía cuentos un abuelo con el rostro de Colombo, hubiese crecido, y se presentara convertido en un treintañero Brendan Fraser con poderes para revivir la magia de los cuentos.

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