Sábado, 26/7/2008, 10:42 h

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CRÍTICA: 'REGRESO A NORMANDÍA'

Los ecos del pasado

JORDI COSTA 28/03/2008

 
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Hay paisajes que son una auténtica encrucijada espacio-temporal: a los ecos del pasado y la tradición, a veces se suma, como un fantasma, la memoria postiza de las ficciones que han crecido en sus márgenes. Así lo contó José Luis Guerín en la extraordinaria -y tan difícil de revisar- Innisfree (1990), exploración en clave Flaherty del lugar donde se rodó El hombre tranquilo (1952). El viaje de Guerín no era divulgativo, sino radicalmente personal, casi un viaje interior, subjetivo.

En Regreso a Normandía, Philibert también parte en busca de su origen, en varios sentidos: en esos paisajes se forjó su oficio, pero la última imagen que vemos es la del padre del cineasta, con sus movimientos eternizados en una escena de la vieja película que sirve de hoja de ruta a la propuesta. En Regreso a Normandía, el cine se postula como ese territorio fuera del tiempo donde es posible que los vivos dialoguen con los muertos, se enfrenten con la memoria y con el pasado, evalúen su presente e intuyan su futuro.

Cámara de ecos

La Normandía de Philibert es una cámara de ecos: el lugar donde el campesino Pierre Rivière cometió un asesinato múltiple en 1835 que volcó en conmovedora confesión -descubierta y diseccionada por Michel Foucault en 1973-; y, también, el escenario donde René Allio rodó en 1976 una película que reconstruía el caso.

Philibert, que trabajó como ayudante de dirección en la película de Allio, regresa al lugar de los hechos para reencontrarse con los actores no profesionales que participaron en el rodaje. Regreso a Normandía es una lección magistral sobre la ética, los mecanismos y las posibilidades del cine documental. Quizás algún espectador se sienta frustrado al no descubrir ninguna gran revelación al final del camino: la película de Philibert está hecha de pequeñas revelaciones y su sutileza excluye cualquier tentación de mensaje. Habla de muchas cosas, pero nunca discursea ni dogmatiza: lo que vemos es tiempo y vida, el presente de unos individuos que una vez fueron colocados fuera del tiempo por una cámara cinematográfica y cuyas existencias nos hablan, en otra clave, de esos temas -la comunidad, la ley, el poder- que, en su día, pusieron en cuestión el crimen y la tragedia personal de Pierre Rivière.

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