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CRÍTICA: CINE - LA PELÍCULA DE LA SEMANA LOS ABRAZOS ROTOS

¿Qué he hecho yo para merecer esto?

CARLOS BOYERO 18/03/2009

 
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Con nula perspicacia e irremediable antipatía pensé ante los primeros largometrajes de Pedro Almodóvar, tan celebrados entonces y añorados ahora por tantos espectadores que se declaraban seducidos por la frescura, la irreverencia, la modernidad, el humor, el posibilismo, la originalidad y el estilo del gurú de aquella cueva de impostura con pretensiones artísticas y lúdicas denominada movida, que la pasión que despertaba su cine entre la vanguardia obedecía a esa cosa tan provisional y epidérmica llamada moda, que sus hilarantes chapuzas fílmicas retratando a una fauna estratégicamente pintoresca y autoconvencida de que los tiempos estaban cambiando serían flor de un día.

Carlos Boyero

Carlos Boyero

ENTREVISTA DIGITAL - 26-03-2009

Crítico de cine y columnista de EL PAÍS.

LOS ABRAZOS ROTOS

Dirección: Pedro Almodóvar.

Intérpretes: Penélope Cruz, Lluís Homar, José Luis Gómez, Blanca Portillo, Tamar Novas, Ángela Molina, Lola Dueñas.

Género: melodrama. España, 2009. Duración: 126 minutos.

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No doy crédito a los diálogos, ni me salpica el volcán de los amantes

La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio

Prejuicioso y maniqueo, me costó admitir ante la magnífica ¿Qué he hecho yo para merecer esto? que este hombre estaba dotado de un notable talento expresivo, una pasmosa facilidad para introducir el surrealismo en personajes y situaciones cotidianas, para reproducir con tanta gracia como desgarro la realidad, para plasmar el argot de la calle y el ritmo de la vida, para crear una tipología de seres humanos y de historias tragicómicas con el sello de su universo.

También era evidente que su certidumbre de que era un artista estaba afianzada, que su lenguaje, su tono y sus obsesiones conectaban con una masa notable, con la élite y con los intelectuales, los snobs y los experimentalistas, el diseño y las tendencias. Igualmente desarrolló, como Warhol y Dalí, un sentido impresionante de la autopromoción, de vender inmejorablemente y a nivel internacional hasta el mínimo suspiro que exhala su irresistible personalidad.

Consecuentemente, su cine jamás ha conocido el fracaso comercial, el público se siente en el placer o en la obligación de pasar por la taquilla, independientemente de que salten en estado orgásmico o echando espuma por la boca, su prestigio es absoluto en cualquier lugar del mundo supuestamente civilizado, rodeado de halagos y de esa atención masiva que él sabe crear y que pueden elevar el narcisismo a límites de frenopático, trascendente y progresivamente barroco, consciente hasta la náusea de que cualquier cosa que lleve su firma es un acontecimiento cultural y sociológico.

Y en ese prolífico e hiperpublicitado camino hay aciertos espectaculares como los de esa comedia modélica titulada Mujeres al borde de un ataque de nervios o el sentimiento en carne viva de Átame, momentos y secuencias en las que la inteligencia, la sensibilidad, la audacia, el sentido crítico y la mordacidad de este hombre alcanzan el esplendor en la hierba. Y también bastantes y enfáticos disparates, pretenciosas reflexiones, cine tan hinchado como hueco, vampirismo estratégico de todo lo que su olfato intuya que está de moda en el mercado artístico, tormentos y emociones de plástico aunque pretendan ir lujosamente vestidas, control absoluto en la gestación y el lanzamiento de sus criaturas, la molesta sensación de que hay demasiado cálculo en su permanente ambición de crear arte trascendente. Hablo en primera persona, por supuesto. La expectación que desata su cine, los infinitos premios, el boato que rodea a su obra, la condición que le adjudican de cineasta profundo e inimitable pueden rebatir en cantidad y calidad mis innegociables opiniones respecto a este frecuente y magistral vendedor de humo.

Y a veces te sorprende gratamente. Después de aquella insufrible, cursi y seudolírica oda al violador enamorado en Hable con ella y del retorcimiento espeso y sin gracia de los traumas y los fantasmas de infancia en la grotesca La mala educación, Almodovar habló con brillantez, complejidad, fluidez, dramatismo, encanto, de seres y sentimientos que conoce en la espléndida Volver.

Y en función de su anterior película, me asomo a Los abrazos rotos con esperanza, intentando no volverme majara con el alud promocional que están montando el genio de La Mancha y su oscarizada musa, con la certeza de que me voy a encontrar el careto de ambos hasta en la sopa. Se supone que es un intenso tratado sobre la pasión, la pérdida, el recuerdo y la supervivencia. Hay un guionista ciego que alguna vez vio y fue director de cine. Su dolor parece resignado. Le cuidan una eficiente señora y su discotequero hijo. Inicialmente no te provocan demasiado interés, aunque deduces que hay pasado borrascoso, misterios por aclarar, que Godot va a aparecer. La temperatura emocional es tibia, ni lo que dicen ni lo que hacen presagian que el pasado de esta gente te vaya a remover.

Y aparece la femme fatale. Se lía con un tiburón que para no perderla pretende consumar los sueños de ella, hacerla estrella de cine con un director de primera clase. Pero llega el amor en medio del arte, y los cuernos y la atroz venganza del despechado e implacable villano. Y sigo como un témpano, no dando crédito a los forzados diálogos que escucho, sin que me salpique lo más mínimo el supuesto volcán que está acorralando a los amantes, ni las doloridas y metafísicas reflexiones sobre las heridas irreparables del creador cuando manipulan y alteran el montaje de esa obra amada en la que ha volcado su alma.

Hay infinitas referencias y homenajes a varios clásicos del cine para que captemos el compartido y penetrante mensaje sobre la creatividad que plantean Almodóvar y sus colegas del alma. Y los sentimientos pretenden estar en carne viva, pero como si ves llover. Y lo que observas y lo que oyes te suena a satisfecho onanismo mental. Y no te crees nada, aunque el envoltorio del vacío intente ser solemne y de diseño. Y los intérpretes están inanes o lamentables. La única sensación que permanece de principio a fin es la del tedio. Y dices: todo esto, ¿para qué?

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Comentarios - 81

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  • 81

    Paintball Fight Club ( http://www.paintballfightclub.es/ ) - 18-03-2009 - 21:38:09h

    Las mejores películas de Almodóvar eran las comedias de los años 1980s. Las últimas dejan bastante que desear. De todas formas, los mejores directores de cine español han sido (con mucha diferencia) Berlanga y Buñuel.

  • 80

    Alcarreño - 18-03-2009 - 20:00:51h

    Enhorabuena a El País por contar con un crítico de la talla de Boyero. Un crítico que critica, independientemente de si el criticado es amigo o no del medio en el que escribe. Estoy de acuerdo de principio a fin con la crítica que hace, incluso el propio Almodóvar, si su ego se lo permitiera, estaría también de acuerdo. La telenovela en colores chillones de diseño, a lo De la Prada, no es cine, es telenovela. Almodóvar ha sido y sigue siendo un pésimo guionista, por eso su cine tiene ese aroma rancio a cartonpiedra, a mentira que no convence, a sobreactuación, a frases solemnes sin sentido.

  • 79

    Luis - 18-03-2009 - 19:53:53h

    Comparto la opinión del crítico, palabra por palabra. Gracias a él voy a recuperar 90 minutos de mi vida, es decir, no voy a ver la película.

  • 78

    Luis - 18-03-2009 - 19:53:10h

    No sé si estaré de acuerdo o no con esta crítica, pero este hombre "escribe como los ángles", que decía mi profesor de literatura de Santa Teresa.

  • 77

    cámara-acción - 18-03-2009 - 19:03:02h

    Hay un asunto en torno al cine de Almodóvar que me gustaría exponer y compartir. Desde siempre hemos escuchado unas excelentes opiniones de los actores y actrices que trabajan o han trabajado con él; por ejemplo, ahora, no hay más que ver las laudatorias palabras de Blanca Portillo o Lluís Homar. Me alegro por ellos y por el propio Almodóvar. No pongo en duda que sus rodajes puedan ser flipantes en muchos sentidos y creo que esas opiniones, muy legítimas en todos los sentidos, han confundido a la opinión pública. Porque no perdamos de vista una cosa: lo que ocurre en un plató de rodaje, con un director talentoso y unos actores en estado de gracia, probablemente no tiene nada que ver con el producto final que se monta y se pasa en las salas.

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