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CRÍTICA

La inercia del mal

JORDI COSTA 19/09/2008

 
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Tras asistir a una proyección de esta tan concisa como estimulante ópera prima, Stephen King escribió una encendida loa del cine de terror de bajo presupuesto que contenía frases tan gráficas y esclarecedoras como: "El horror es una actriz desconocida, quizás la vecinita de al lado, encogiéndose en una cabaña con un cuchillo en la mano que sabemos que nunca podrá utilizar". Los extraños, debut de Bryan Bertino, no se ajusta del todo a la definición: en el centro de su pesadilla no está precisamente una actriz desconocida, sino una Liv Tyler cuyas estilizadas facciones hacen pensar en una modelo de Modigliani abandonada en un slasher setentero. No obstante, lo que King subrayaba encuentra en Los extraños una aproximada lección práctica: la eficacia del género está en su esencia, en su médula libre de retóricas y efectismos de posproducción. Bertino destaca al ceñirse a aquello que debería de resultar obvio: la angustia es una cuestión de puesta en escena.

LOS EXTRAÑOS

Dirección: Bryan Bertino.

Intérpretes: Liv Tyler, Scott Speedman, Glenn Howerton, Kip Weeks, Laura Margolis, Gemma Ward.

Género: terror. EE UU, 2008.

Duración: 85 minutos.

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Los extraños apela a la misma situación arquetípica que sirvió a Michael Haneke para cuestionar la posición del espectador en sus dos versiones de Funny games y que tuvo una de sus modulaciones más recientes y eficaces en Ellos, de David Moreau y Xavier Palud: una casa aislada, un reducido grupo de potenciales víctimas en precario anclaje emocional y la arbitraria intrusión del horror. Bertino mueve las fichas sin trampa ni cartón: es el ejemplar uso del sonido y la disposición de las figuras lo que vertebra su estrategia de la angustia y sus recursos al sobresalto.

Aunque lo parezca, el cineasta debutante no se ha limitado a confeccionar un caligráfico ejercicio de estilo y Los extraños aporta un elocuente desvío de la tradición: esa sintomática indolencia con que sus verdugos ejecutan sus actos, quizás el detalle más inquietante en un filme que convierte la imagen de una aguja de tocadiscos crujiendo en los surcos muertos de un vinilo en funcional recurrencia rítmica y casi emblema de su recreación analógica de las esencias clásicas. A pesar de que en su plano final sucumba a un gastado lugar común, Los extraños formula un escalofriante discurso sobre el mal como inercia y se convierte en la rotunda carta de presentación de un cineasta con absoluto control del lenguaje y el tono.

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