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CRÍTICA

El muerto que farfulla

JORDI COSTA 22/06/2007

 
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Cuando Jean Cocteau escuchó esa poética definición del cine en boca de un niña -"el cine es coger a los muertos y ponerlos a andar"- no podía intuir que el medio acabaría aportando varias ilustraciones (casi) literales a esas palabras, como las que integran el último tramo de la filmografía del indie renacido Gus Van Sant. Tercer título de una Trilogía de la Muerte que, tras el estreno de Paranoid Park (2007), ya ha dejado de serlo, Last days, como sus compañeras de viaje, se postula como meditación esencialmente visual, y amaneradamente elegiaca, sobre una juventud entendida como el limbo previo a la inexistencia.

La estrategia formal se mantiene, con sutiles variantes, tal y como fue formulada en la fundacional Gerry (2002): la influencia del húngaro Béla Tarr inspira una apuesta por una narrativa sonámbula, hecha de largas tomas que siguen a los personajes en su deambular por una tierra de nadie, casi como los espacios desolados de un videojuego que ha dejado de funcionar (bien), perdiendo, ante todo, su sentido del drama. El tiempo funciona como un laberinto suspendido: no es reversible, pero puede ser revisitado por diferentes puntos de vista. Van Sant también desvela otro repertorio de influencias, en esta ocasión literarias: la trilogía novelística de Samuel Beckett integrada por Molloy, Malone muere y El innombrable. No está seguro este crítico de si es la vocación de radicalidad o la pose lo que, en Last days, lleva al cineasta a querer ser más radical que Beckett: Last days tiene forma de monólogo interior, pero su contenido está cerrado herméticamente. En esta recreación aproximada al crepúsculo de una sombra de Kurt Cobain sólo hay superficies: el tormento espiritual del personaje emerge únicamente en forma de hipnótico (o irritante) farfullo.

No se le puede dejar de reconocer el atrevimiento a Gus Van Sant, pero otra cosa es disfrutar como espectador de su opacidad exhibicionista y de su fetichismo yonqui-chic. La película ofrece una plausible representación del estado de suspensión opiácea de un fin de semana sin huella, pero se traiciona a sí misma al proponer una trascendencia que su estrategia formal y conceptual parecía negar: el plano en que el ¿alma? de Blake / Cobain asciende a través de su particular escalera hacia el cielo delata la trivialidad de un cineasta que pone a los muertos a andar para que creamos en los ángeles. O en Kurt Cobain como nuevo Mesías.

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