La religión futura

El fervor religioso se suele multiplicar en tiempos de penuria económica, de crisis moral, de desastres causados por la fuerza de la naturaleza. Tres derroteros que, desgraciadamente, no pueden estar más de moda (¿o es que el ser humano está abocado a ellos?). Quizá por ello el planteamiento de Fran-klyn, ópera prima del hasta ahora realizador de videoclips y publicidad Gerald McMorrow, resulte tan atractivo: dos mundos paralelos (el Londres actual y una metrópoli llamada Ciudad Intermedia, a caballo entre el futurismo y el gótico), que nunca se sabe si son reales o están en la cabeza de unos personajes abocados al abismo mental. Un universo donde la religión es ley, donde los clérigos son la policía y donde el ateísmo está prohibido y penado. Sin embargo, los planteamientos pocas veces tienen que ver con el desarrollo, y la historia de McMorrow, también guionista, se va despeñando por un precipicio donde, a pesar de aciertos esporádicos, se aúnan lo farragoso, lo estrafalario y lo pedante.
FRANKLYN
Dirección: Gerald McMorrow. Intérpretes: Eva Green, Ryan Phillippe, Sam Riley, Bernard Hill.
Género: fantasía. Reino Unido, 2008. Duración: 97 minutos.
Franklyn, de hecho, es una de esas películas abocadas al fracaso porque se acaban quedando en tierra de nadie. Demasiado trascendente para gustar a la platea que busca un pasajero entretenimiento de acción y demasiado superficial para agarrar al espectador gustoso de la ciencia-ficción adulta que trata al público como tal, la película acaba contagiando el desasosiego de sus protagonistas porque nunca hay un desarrollo narrativo atractivo más allá de unos cuantos golpes de efecto sobre el eterno dilema entre la esencia y la existencia.
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