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CRÍTICA

El sueño desintegrado

JORDI COSTA 27/02/2009

 
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Tras ser capturado por la cámara de Alberto Korda en 1960, el rostro del Che Guevara pasó a convertirse en icono con vida propia, sometido a la implacable inercia de las reinterpretaciones y los malentendidos. Con el tiempo, el fuego de la mirada de Ernesto Guevara acabó reciclado como elemento decorativo de un reloj Swatch, en lo que supone toda una lección (en forma de golpe bajo) sobre la fragilidad de las utopías en un mundo capaz de neutralizar los mensajes más desestabilizadores.

CHE, GUERRILLA

Dirección: Steven Soderbergh.

Intérpretes: Benicio del Toro, Rodrigo Santoro, Rubén Ochandiano, Franka Potente, Joaquim de Almeida.

Género: político. Estados Unidos-España-Francia, 2008.

Duración: 131 minutos.

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El cineasta tendría que haberse atrevido a hacer cine político

Tiene un golpe de genio, la muerte del Che en cámara subjetiva

Afirma Steven Soderbergh que, tras su colosal proyecto en dos partes sobre el Che, existe el propósito de rescatar el significado tras el icono reiterado bajo tantas formas de merchandising radical chic: el empeño es loable, pero, para lograr el objetivo, el cineasta tendría que haberse atrevido a hacer cine político -no necesariamente panfletario- y el díptico formado por Che, el argentino y Che, guerrilla resulta inquietantemente cercano a un simulacro, podado de ideología, de dicho modelo.

Quizás sea 2013: Rescate en L. A. (1996), de John Carpenter, el trabajo que contenga una de las más desconcertantes distorsiones del icono del Che: en ella, George Corraface daba vida a Cuervo Jones, un eco del líder revolucionario que se defendía de sus enemigos mediante el letal manejo de boleadoras. Por paradójico que parezca, la película que acogió una caricatura tan poco sutil mostraba mayor mordiente ideológico que el ambicioso proyecto de Soderbergh, que parte de los textos del propio Guevara para, finalmente, establecer una distancia infranqueable entre su protagonista y el preciso virtuosismo formal puesto al servicio de una reconstrucción verité de la guerra de guerrillas.

Si Che, el argentino era la crónica de la posibilidad de una utopía, Che, guerrilla funciona como su reverso elegiaco: el sueño revolucionario condenado a su desintegración. La película se cierra con un golpe de genio: la muerte de Ernesto Guevara mostrada en cámara subjetiva, una muerte despojada de grandilocuencia que es, al mismo tiempo, el fin antiépico de un sueño colectivo. Antes de llegar ahí, el espectador habrá tenido pocos asideros para hacerse una composición de lugar entre las figuras secundarias de esa guerrilla que va siendo diezmada sin que Soderbergh sienta nunca la tentación de recurrir al subrayado dramático. Queda la impresión de que el cineasta tenía como referente al Rossellini que descubrió al mismo tiempo objetividad y televisión, pero le ha salido un hipertrófico ejemplo de frígido cine político. O, lo que es lo mismo, cine militante con aversión al compromiso: es decir, una helada incongruencia.

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