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CRÍTICA

Una temporada en el infierno

J. C. 30/10/2009

 
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Cabe suponer que no ha sido el azar, sino los buenos reflejos de una pequeña distribuidora, los que han hecho coincidir en cartelera La vida loca, testamentario documental de Christian Poveda, con Sin nombre, el filme de Cary Fukunaga que triunfó en Sundance. El espectador tiene una oportunidad de oro para construirse su propio y revelador programa doble: una lección ilustrada sobre las relaciones entre realidad y ficción, sobre el proceso que lleva de la captura objetiva de una patología social a su incorporación estilizada en una mitología cinematográfica.

LA VIDA LOCA

Dirección: Christian Poveda.

Género: Documental. España-México-Francia, 2008. Duración: 100 minutos.

Carlos Boyero

Carlos Boyero

ENTREVISTA DIGITAL - 05-11-2009

Crítico de cine y columnista de EL PAÍS.

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La vida loca es el complejo documental que se sumerge en el turbulento universo de las maras, última modulación apocalíptica de la cultura pandillera en las zonas de mayor desintegración social de El Salvador. La realidad que muestra es tan excesiva que a la ficción no le queda margen para la hipérbole. Rodar el documental le costó la vida a Christian Poveda, asesinado de un tiro en la cabeza el pasado 2 de septiembre por un miembro de las maras. El perturbador dato es una siniestra prolongación de la propia naturaleza de la película, algunas de cuyas líneas narrativas se interrumpen con la brusca entrada de la muerte.

La vida loca suministra al espectador la ilusión de acceder a los territorios privados, a la intimidad menos adulterada de una comunidad asentada en el corazón de las tinieblas. Se palpa la sensación de estar ante un problema aparentemente irresoluble, que las fuerzas encontradas de la religión, la ley y las ONGs de vocación redentora no logran ni siquiera atenuar.

La mirada de Poveda encuentra humanidad y desvalimiento en el centro de ese infierno, pero no hay condescendencia: uno de los personajes del tejido humano que compone La vida loca ofrece la posibilidad de una conexión emocional con el espectador, pero, en los últimos minutos de la película, la cámara, fiel a la lógica brutal del entorno, sigue el descenso de su féretro en la fosa del cementerio. No es una buena idea ir a ver La vida loca con Ricky Martin en el i-pod.

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