Desmesura de panteón
El cine de Brian de Palma acostumbra a ser una síntesis de lo mejor y lo peor del cine norteamericano, de su capacidad para crear ficciones y también para trivializar los temas más importantes. Con El precio del poder puede que se haya lanzado a su aventura más ambiciosa. Como siempre, el punto de arranque del filme es otro filme. Hasta ahora había utilizado títulos de Hitchcock -Psicosis, Sospecha, etcétera-, de Antonioni -Blow up- o de otros cineastas ilustres. En esta ocasión es Hawks y Scarface el material de base de El precio del poder.La modernización de la historia es sobre el papel excelente. El tráfico de alcohol de la época de la ley seca ha cedido su lugar al de cocaína; los italianos fugitivos de la miseria son, en 1980, cubanos que escapan del castrismo o de penas de cárcel por delitos comunes. Como en las grandes películas de gánsters de los años treinta, hay un substrato realista muy fuerte, casi documental, que se estiliza y sobredimensiona para que los personajes -y los hechos- adquieran un halo trágico, encadenados a un destino sangriento que ellos creían poder dominar.
El precio del poder
Director: Brian de Palma. Intérpretes: Al Pacino, Michele Pfeiffer, Steven Bauer, Miriam Colon. Guión: Oliver Stone. Fotografía: John A. Alonzo. Música: Giorgio Moroder.Locales de estreno: Coliseumn y Salamanca.
Pero, también siguiendo la misma tónica de filmes anteriores, De Palma se inspira en argumentos o ideas, pero todo lo adapta a su estilo, un tanto grandilocuente, de cámara en constante movimiento y buscando efectos visuales de impacto seguro. Es más, la elegancia con que utiliza el scope es compatible con un asalto final de película de agentes secretos, con el ritmo hortera de Giorgio Moroder como fondo sonoro omnipresente.
Oliver Stone y Brian de Palma han pretendido que su Scarface fuera un personaje shakespeariano, que la familia Borgia -de la que Ben Hecht hablaba como modelo al escribir el guión para Hawks- o Eduardo II fueran la línea de trabajo a seguir. Pero las tragedias modernas, vista la imposibilidad de que los dioses se metan en faena y de que los personajes se muevan por ambiciones más o menos dignas, acaban como el rostro de Al Pacino después de sumergir la cara en cocaína: con la nariz blanca de los payasos.
Una cierta ridiculez surge del contraste entre el sueño del poder y su plasmación en imágenes. Es ese plano final, con el cadáver de Tony Montana en la piscina, presidida por una escultura consistente en una bola del mundo rodeada por un neón que reza "el mundo es tuyo". 0 es también el horror de los restaurantes de Miami, de una playa para ancianos y cuerpos jóvenes en venta, o de las viviendas de millonarios cuya idea de la suntuosidad es de mausoleo.
Esa incapacidad de los personajes para trascender su sordidez, para ser dignos herederos de Macbeth y otras criaturas de similar grandeza, es, a un tiempo, lo mejor y lo peor de El precio del poder, lo que la hace una tragedia imposible y una excelente explicación de esa imposibilidad. Es lo mismo que sucede con Michéle Pfeiffer, que encarna a una prostituta de lujo, hermosísima y atractiva, pero retratada siempre como objeto bien diseñado y empaquetado, que lo tiene todo, excepto vida.
Al margen de la calidad o acierto de El precio del poder, el mérito del filme de De Palma, lo que hay de inquietante en él, es esa idea de que el american dream es algo estrictamente asociado a la muerte y al decorado. Los cubanos que llegan a Miami se apresuran a sumergirse en esa lógica, que sólo permite sentirse seguro y triunfador si se circula con un ataúd con ruedas y forrado de moqueta granate. Los Estados Unidos de Brian de Palma están a medio camino entre un despacho de pompas fúnebres y un gigantesco burdel.
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