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EL PAÍS publica el inicio de la novela 'El mundo', de Juan José Millás, galardonada con el Premio Planeta 2007

09/11/2007

 
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PRIMERA PARTE, EL FRÍO

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Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina. Los reparaba, los inventaba, los deducía de publicaciones norteamericanas. No sabía inglés, pero era capaz de interpretar un esquema, un plano o un circuito con la facilidad con la que otros leen un síntoma. Por su taller pasaron aparatos de rayos X y pulmones de acero con los que mis hermanos y yo jugábamos, no siempre a los médicos. Entre los ingenios que más me impresionaron, recuerdo un aspirador de sangre perteneciente a la época anterior al bisturí eléctrico, cuando las heridas abiertas por el cirujano se inundaban, impidiendo la visión del órgano a operar. El aspirador dejaba la herida limpia en cuestión de segundos. La sangre se recogía en un recipiente de cristal de boca ancha, como los de las aceitunas a granel; probablemente fuera un frasco de aceitunas, pues en casa no se tiraba nada. Los tapones de los tubos de la pasta de dientes servían, por ejemplo, como mandos para los aparatos de radio. Más tarde, con la aparición del bisturí eléctrico, que cauterizaba la herida al tiempo de infligirla, los aspiradores, creo, pasaron a la historia.

Mi padre presumía de haber sido el primero en fabricar un bisturí eléctrico en España, aunque seguramente tomó la idea de una publicación extranjera. Recuerdo haberle visto inclinado sobre la mesa del taller, efectuando cortes en un filete de vaca, asombrado por la precisión y la limpieza del tajo. No olvidaré nunca el momento en el que se volvió hacia mí, que le observaba un poco asustado, para pronunciar aquella frase fundacional:

?Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.

Cuando escribo a mano, sobre un cuaderno, como ahora, creo que me parezco un poco a mi padre en el acto de probar el bisturí eléctrico, pues la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas.

Mamá no tardaría en prohibirle desperdiciar los filetes de carne en aquellos ensayos. Empezó a trabajar entonces sobre rodajas de patatas, pero se cansó en seguida. Nada como la textura de la carne, excepto, añado yo, la textura de la página.

Otro ingenio con el que alcanzó cierta celebridad fue el electroshock portátil, un aparato del tamaño de un bestseller con varios compartimientos, en uno de los cuales se guardaban los electrodos. Solía contar que un día, hablando en el jardín de un manicomio con su director, un loco lo reconoció como el proveedor de aquellos artilugios y le arrojó desde una ventana un tiesto que le rozó un hombro. El electroshock estuvo muy cuestionado en los años setenta del pasado siglo, pero creo que ha vuelto. En algún sitio he leído que Cabrera Infante, que era bipolar, pidió en alguna ocasión que se lo aplicaran.

Mi padre pasó sus últimos días en una residencia de ancianos adonde yo iba a verlo, no con mucha frecuencia pero sí de un modo regular. Se había vuelto bulímico, de manera que solía acercarme a la residencia sobre el mediodía, para invitarle a almorzar, y lo volvía a dejar a la hora de comer. De esta forma, los días que iba a verle comía dos veces, pero podría haberlo hecho tres o cuatro. Era insaciable. Y no estaba gordo. Fue siempre un hombre fibroso, menudo, ágil, incluso a los ochenta años (murió a los ochenta y dos). Solía llevarle a un Kentucky Fried Chicken, esa cadena de pollos fritos fundada por un coronel norteamericano al que mi padre adoraba por militar, por inventor y por haberse hecho rico gracias a una receta cuyos ingredientes, según me explicaba con admiración, eran secretos, como los de la coca cola.

Durante aquellas comidas me hablaba con frecuencia de los beneficios del electroshock y me contaba sus primeras experiencias con el aparato, que habían resultado desalentadoras. Me pareció entender que pudo llevarlas a cabo gracias a un médico de Valencia, un psiquiatra que le prestaba a los locos para que experimentara con ellos. Nunca lo expresó de un modo claro, pero daba la impresión de que se refería a esa época con sentimiento de culpa.

?El problema ?decía? es que al principio aplicábamos a los locos corriente alterna. La corriente alterna cambiaba de dirección constantemente y dejaba el cerebro hecho polvo. Entonces, se me ocurrió que había que aplicarles corriente continua. La corriente continua es como un brisa que sopla siempre en la misma dirección, peinando, sin dañarlo, un campo de trigo.

Al decir lo del campo de trigo, hacía con la mano un gesto solemne. Parecía que estaba viendo las espigas (o las neuronas) inclinarse suavemente frente a la caricia del aire (o de la electricidad).

Cuando lo devolvía a la residencia, yo cogía el coche y regresaba a Iberia, donde entonces me ganaba la vida. Me metía en mi despacho, que era un cubículo con forma de ataúd, me hacía un porro y me perdía en ensoñaciones hasta que la gente volvía de comer. Recuerdo haber llorado un par de veces porque en aquella época estaba flojo, deprimido, y la obsesión de aquel hombre con el electroshock y el pollo frito me desasosegaba.

El taller de mi padre estaba situado en la parte de atrás de la casa, separado de ésta por un patio de cemento. La parte de delante daba a una especie de jardín comunicado con el patio de atrás por un callejón sombrío en el que crecía un árbol con la corteza negra.

El taller tenía cuatro dependencias dispuestas en batería, dos de las cuales se utilizaban como almacén de material. La casa, por su parte, tenía dos pisos y un desván. En el piso de abajo se encontraban al principio los dormitorios, el cuarto de baño y una habitación multiusos que durante una época fue la alcoba de los chicos (llegamos a ser cuatro chicos y cinco chicas), además de una especie de despacho en el que mi padre llevaba su oficina. En el de arriba estaban el comedor, la cocina, un aseo minúsculo y otras dos o tres habitaciones. Más tarde, la cocina y el comedor se trasladaron al piso de abajo y los dormitorios se colocaron todos en el piso de arriba. Hacíamos continuamente cambios de este tipo sin encontrarnos a gusto con ninguno.

Encima de uno de los almacenes anexos al taller había un cuartito cerrado, al que se accedía por unas escaleras exteriores, de cemento. Se lo había reservado el dueño de la casa para guardar objetos y libros de su propiedad con los que no sabía qué hacer. Mis hermanos y yo acabamos forzando su puerta. El interior, iluminado por un ventanuco lleno de polvo y telarañas, estaba repleto de trastos y de libros. Había, entre las cosas que nos sorprendieron, un par de floretes, un cáliz, y también una edición entera de un libro en el que se pretendía demostrar que Cristóbal Colón era gallego. Probablemente, entre aquellos libros y aquellos objetos hubiera algo valioso. De ser así, el dueño de la casa no era consciente, pues lo que no destrozamos nosotros lo mearon los gatos o se lo comieron las ratas que entraron detrás de mí y de mis hermanos.

Pagábamos de alquiler mil pesetas al mes, que no era poco si añadimos que se trataba de una ruina. Tenía goteras. Las ventanas encajaban mal; el cemento del patio estaba roto; las paredes, desconchadas; las vigas, podridas... Entre la puerta que daba al jardín de delante y la que daba al patio de atrás había durante el invierno una corriente constante (y cortante) de aire frío, un punzón invisible que llegaba hasta la médula de la vivienda. No sé si es científicamente posible tener frío en la médula, pero ahí es donde se instaló, en el tuétano de cada uno de nosotros y en el tuétano del grupo familiar, cuando nos trasladamos desde Valencia a Madrid. Yo contaba seis años.

En el principio fue el frío. El que ha tenido frío de pequeño, tendrá frío el resto de su vida, porque el frío de la infancia no se va nunca. Si acaso, se enquista en los penetrales del cuerpo, desde donde se expande por todo el organismo cuando le son favorables las condiciones exteriores. Calculo que debe de ser durísimo proceder de un embrión congelado.

Recuerdo el tacto de las sábanas, heladas como mortajas, al introducirme entre ellas con mi sesenta por ciento de esqueleto, mi treinta o cuarenta por ciento de carne y mi cinco por ciento de pijama. Recuerdo la frialdad de las cucharas y de los tenedores hasta que se templaban al contacto con las manos. Recuerdo la insensibilidad de los pies, que parecían dos prótesis de hielo colocadas al final de las piernas. Recuerdo los sabañones, Dios Santo, que se ponían a picar en medio de la clase de francés o de matemáticas, y recuerdo que si caías en la tentación de rascártelos sentías un alivio inmediato, pero en seguida respondían al estímulo multiplicando la sensación de prurito. Recuerdo que aprendí esta palabra, prurito, a una edad absurda, de leerla en los prospectos de aquellas cremas que no servían para nada. Recuerdo sobre todo que el frío no venía de ningún lugar, por lo que tampoco había forma de detenerlo. Formaba parte de la atmósfera, de la vida, porque la condición de la existencia era la frialdad como la de la noche es la oscuridad. Estaba frío el suelo, el techo, el pasamanos de la escalera, estaban frías las paredes, estaba frío el colchón, estaban fríos los hierros de la cama, estaba helado el borde de la taza del retrete y el grifo del lavabo, con frecuencia estaban heladas las caricias.

Aquel frío de entonces es el mismo que hoy, pese a la calefacción, asoma algunos días del invierno y hace saltar por los aires el registro de la memoria. Si se ha tenido frío de niño, se tendrá frío el resto de la vida.

Colocábamos en el alféizar de la ventana, antes de acostarnos, un vaso con agua que al día siguiente amanecía helada, lo que nos parecía un milagro. Tocábamos el hielo con la punta de los dedos para ver si comprendíamos con ellos, con los dedos, lo que no comprendíamos con la cabeza. Pero tampoco los dedos entendían aquel fenómeno explicable en términos científicos, no emocionales. Más complicado fue entender que el frío quemaba, pero lo cierto es que un día me abrasé los labios al llevarme a la boca un pedazo de cobre que encontré en el jardín, a primera hora de la mañana. Me gustaba el sabor del cobre; todavía, al pronunciar la palabra cobre, siento un cosquilleo eléctrico en la punta de la lengua. El cobre sabe a electricidad. Mi padre guardaba decenas de bobinas de cobre en la parte de su taller dedicada a almacén.

Nos colocábamos la chaqueta del pijama sobre la camiseta de tirantes, que era una segunda piel, y nos metíamos tiritando en la cama. A veces me masturbaba, no tanto por placer como por la curiosidad de que de un cuerpo yerto saliera un jugo caliente. Cuando las heladas alcanzaban una crueldad insoportable, se preparaban botellas de gaseosa con agua hirviendo para introducirlas entre las sábanas. A mí me daban pánico porque a veces estallaban. En el colegio circulaban leyendas según las cuales el estallido, si te masturbabas, coincidía con la eyaculación, de modo que durante unos instantes se confundía una cosa con otra. Para que no estallaran, metíamos dentro una alubia. Aunque de mayor averigüé que aquel remedio carecía de base científica, nadie recuerda que reventara una botella sometida a este tratamiento.

Una vez a la semana tocaba limpieza general del cuerpo. El cuarto de baño era una estancia destartalada y fría, fría, fría. Tenía una bañera con patas, pero nos lavábamos en un barreño que mamá colocaba en el centro de la habitación. He empezado a decir «mamá» ahora, tan mayor, pero siempre he dicho «mi madre». Mamá, pues, colocaba un barreño de agua hirviendo en el centro del cuarto de baño. Como era imposible desnudarse allí sin perecer, prendía un plato lleno de alcohol cuya llama, casi invisible, proporcionaba un calor tan intenso como fugaz.Aprendí entonces que el aire caliente tiene la propiedad de ascender hacia las capas altas de la atmósfera. El aire templado por el alcohol subía, pues, hacia el hondo techo y el frío procedente del suelo te envolvía de nuevo en seguida, como un sudario. Pero durante los segundos de calor el cuerpo era feliz.

Mi padre (todavía no me sale el «papá», pero estamos empezando) calentaba el taller con una de esas estufas redondas, de hierro fundido, como la que teníamos en el cuarto de estar y que, alimentada con carbón, se ponía al rojo vivo. Qué expresión, rojo vivo. Se llama así, supongo, porque es un rojo dinámico, agresivo, elocuente, vivaz. A veces, el hierro daba la impresión de trasparentarse, pero se trataba de una alucinación proporcionada por aquellas tonalidades violentas. Como las habitaciones eran grandes y los techos altos, sólo notabas el calor en la parte del cuerpo expuesta a la estufa. Se daba el caso de tener la cara ardiendo y la nuca helada, o al revés. Era un mundo hecho a la mitad: teníamos la mitad del calor que necesitábamos, la mitad de la ropa que necesitábamos, la mitad de la comida y el afecto que necesitábamos para gozar de un desarrollo normal, si hay desarrollos normales. De algunas cosas, sólo teníamos la cuarta parte, o menos.

Mi padre se pasaba las horas muertas en el taller, ensimismado sobre un circuito eléctrico, canturreando tangos. Se sentaba en un taburete muy alto, como los de aparejador, con la estufa colocada a su espalda. Un día, un hermano mío y yo nos encontrábamos allí, castigados por algo, cuando pasó cerca de nosotros un gato (había tantos como ratas) al que mi hermano cogió e introdujo en una media de nylon desechada que había ido a parar al taller. No sé cómo logró hacerlo sin que el animal se quejara. Pero lo cierto es que lo consiguió y remató la tarea con un nudo. Después arrojó aquel raro embutido debajo de la mesa, a los pies de mi padre, como si fuera una bomba que estalló, literalmente, pues al animal le dio un ataque de desesperación y se liberó de la media como una llama negra, colocándose en uno de los extremos del taller en posición de ataque. Mi padre hizo volar el circuito en el que trabajaba por los aires. Se asustó tanto que, en vez de reñirnos, todavía pálido, nos explicó que los gatos eran mucho más peligrosos que los perros. Saltaban, dijo, sobre la cabeza de sus víctimas, de donde no había forma de apearlos, y le arrancaban los ojos en un suspiro. El suelo del taller estaba roto, como todo lo demás, y lleno de limaduras frías.


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