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IAN GIBSON La inspiración de una generación

La 'Resi' se queda huérfana

IAN GIBSON 12/01/2008

 
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Tenía 103 años, pero no por esperada duele menos la noticia de que José Bello Lasierra -Pepín para todos sus amigos- nos ha dejado. Estaba ya muy cansado, se quería marchar, pero hasta el final conservó incólumes la mente y su hombría de bien. Fue el último referente de aquella espléndida floración generacional de la Residencia de Estudiantes a quien podíamos acudir, confiados, en busca del dato escurridizo ("¿dónde estaba el Oro del Rhin, Pepín?"). Raconteur como pocos, escucharle era un privilegio, una gozada. Su risa sólo se podía comparar a la del pintor Manuel Ángeles Ortiz. Tozudo como incumbía a un aragonés de Huesca, se negaba a abandonar su piso madrileño de Santa Hortensia y vivir con sus sobrinos, que con tan inmenso cariño le cuidaron a lo largo de los años. Así era él. Me dicen que murió mientras dormía, y que tenía el semblante tranquilo. ¡Larga paz!

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Pepín emanaba alegría y poseía como nadie el don de la amistad. Si no hubiera sido por la que tuvo, honda, con Lorca, Dalí y Buñuel, nuestro conocimiento de la vida y obra de cada uno de ellos sería mucho más pobre. No sólo por la aportación oral de su prodigiosa memoria, tan generosamente puesta a disposición de los estudiosos, sino por las cartas recibidas de los tres, de un valor biográfico incalculable, que conservó como oro en paño.

"Ni pintor ni poeta, Pepín Bello era, sencillamente, nuestro amigo inseparable, dice Buñuel en Mi último suspiro. Pero el oscense dibujaba muy bien y no le faltaba inventiva literaria. Contribuyó lo suyo a la creación de los putrefactos y carnuzos que tanto transitaron por el imaginario de los residentes de aquellos años. Y parece innegable que Un Chien andalou le debía más de una ocurrencia ("todas nuestras cosas en la pantalla", le escribió Buñuel en 1929, poco antes de iniciar el rodaje de la explosiva cinta surrealista).

Por suerte la personalidad y los recuerdos de Pepín han quedado puestos a salvo en numerosos documentales y entrevistas de radio, prensa y televisión, que es de esperar se reúnan en el archivo de la Residencia de Estudiantes para gozo e instrucción de futuros investigadores. En algunos de ellos acompaña a Bello su cordial amigo y exégeta, máximo especialista en el joven Dalí, Rafael Santos Torroella, a quien llevamos cinco años añorando. Ya lo sabemos, el río se lo lleva todo por delante. La Resi está hoy huérfana bajo una lluvia pertinaz, pero harto consuelo y mucha gratitud nos deja la memoria de uno de sus hijos más simpáticos y más preclaros.

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