Retrato de familia
Melodrama que sabe contener, mediante una muy meditada estética del aislamiento, sus medulares torbellinos góticos, La isla interior es una de esas películas que, echando mano de la inercia, uno podría definir como una-gratificante-sorpresa. Sería una triste manera de escurrir el bulto por parte del crítico. Es más decente fustigarse un poco: no haberse rendido incondicionalmente a ninguna otra película anterior de Dunia Ayaso y Félix Sabroso no debería eximir al reseñista de reconocer, revisando los juicios previos que haga falta, que las bondades, intensidad, capacidad de trastorno y justeza de tono de La isla interior no han llovido del cielo, sino que son meta alcanzada tras un cauteloso recorrido, que, probablemente a la altura de Descongélate (2003), llegó a plantearse el problema de la ampliación de registros.
LA ISLA INTERIOR
Dirección: Dunia Ayaso y Félix Sabroso.
Intérpretes: Candela Peña, Alberto San Juan, Cristina Marcos, Celso Bugallo, Geraldine Chaplin.
Género: drama. España, 2009.
Duración: 93 minutos.
No se permite ni una ligereza, nada obstaculiza el planteamiento
La isla interior refuerza, no obstante, otro tópico asociado al tándem: su trayectoria parece, ahora más que nunca, una versión a escala del camino almodovariano de lo carnavalesco a lo melodramático. Como en las piezas más turbulentas de la filmografía de Almodóvar, el melodrama, en manos de Ayaso y Sabroso, parece levantarse sobre imágenes de pulsión casi hitchcockiana, aplicando una mirada de fuego helado y obsesión inefable sobre cada objeto y cada personaje. Los puntos de contraste son, en todo caso, dignos de mención: Ayaso y Sabroso se resisten al desbordamiento narrativo y al gusto por el desvío de algunos últimos trabajos del cineasta manchego, cuya tendencia barroca proporciona otro tipo de gratificaciones que las de esta concentrada pesadilla familiar, e insular, que crece hasta convertirse en el mejor -y más universal- trabajo de esta pareja de cineastas.
Si uno fuese capaz de imaginar El hundimiento de la casa Usher contado a través de una serie de cuadros de Edward Hopper, el resultado podría parecerse a La isla interior. A la interrogación acerca de si el infierno de cada uno lo define la genética o el medio, Ayaso y Sabroso ofrecen un desesperanzador retrato de familia como naturaleza muerta que resuelve el dilema en tablas, sin que el conjunto se permita ninguna ligereza, sin que nada obstaculice el riguroso planteamiento de este firme paso adelante.

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