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Rodrigo y Gabriela, 'pimpinelas heavies'

LINO PORTELA - Madrid - 21/03/2008

 
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"Hace años Gabriela y yo hicimos un pacto de sangre: juramos no aceptar ningún trabajo. Sólo tocar la guitarra", recuerda por teléfono Rodrigo Sánchez, de 33 años, mientras toma el sol en la piscina de su ciudad natal, Ixtapa, en el Pacífico mexicano. El pacto, sin duda, ha dado sus frutos. En EE UU ya se han convertido en un fenómeno y se pasean por los más importantes festivales de rock del mundo.

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A primera vista, y a juzgar por su nombre, podría parecer que estamos ante una nueva réplica de cierto dúo melódico especializados en tirarse los trastos a la cabeza. "Válgame, Dios", se oye de fondo la voz de Gabriela Quintero. "Como nos vuelvas a comparar con Pimpinela colgamos ahora mismo". Nada de eso. En su segundo e instrumental disco homónimo, que se acaba de publicar en España, Rodrigo y Gabriela mezclan ritmos latinos con rock duro. También algo parecido al flamenco con gotas de trash metal. Y sólo con dos guitarras españolas. Sin voz. Con esta impúdica fusión, no es extraño que entre sus seguidores haya tanto hijos del metal como apasionados de la guitarra clásica española.

"Nos conocimos cuando teníamos 15 años", recuerda Rodrigo, "y no, antes de que me lo pregunten por enésima vez, no somos novios". Con esa edad él ya era todo un machito. Tenía una banda de rock duro y Gabriela era una de las más fieles seguidoras. "Todo pose", recuerda Rodrigo. "Pelos largos, patillas, camisetas negras... éramos muy malos". Tras unos meses en los que ella se unió a la banda, abandonaron el grupo y, fieles al pacto, se marcharon a Irlanda a buscarse la vida. "Queríamos ir a un lugar totalmente distinto a México. Y Dublín parecía perfecto". Allí, sin saber palabra de inglés, compaginaban sus conciertos en la calle con actuaciones en bodas y bautizos. "Encontramos una gente muy musical, muy amistosa y que les gustaba mucho el chupe

como a nosotros". En 2000 fue cuando viajaron a Barcelona donde vieron en primera fila a Paco de Lucía. "Llegamos a las taquillas con un saco de monedas, todavía pesetas, que habíamos ganado en la calle. La taquillera alucinó".

Ahora les toca a ellos tomar el escenario. Su puesta en escena es propia de un concierto de guitarra clásico. Los dos solos, sin banda, sentados con su guitarra, rasguean, improvisan y golpean el instrumento con la pericia de Eric Clapton y de Andrés Segovia. "Los grupos actuales de rock tienen poco que aportar. Ahora me siento más rockero que cuando tenía la melena al viento. Nuestra regla es: no hay reglas".


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