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CRÍTICA: CLÁSICA

Todos los pianos, el piano

J. Á. VELA DEL CAMPO 17/04/2008

 
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Maurizio Pollini revindicó la dignidad de Italia desde el teclado. Fiel a su estilo incluyó en su programa piezas de diferentes épocas y estilos, y las expuso cronológicamente. Primero, Chopin, el músico que los demás reservan para el final y así tener garantizado el éxito. Después, Debussy, con media docena de Estudios, y para terminar, la Sonata número 2 de Boulez, con la que obtuvo el mismo triunfo que habría alcanzado si hubiese acometido una obra popular de Beethoven o Schubert. Pollini es así. Lo suyo es el rigor, la coherencia, la profundidad. De lo que prescinde es del artificio, del espectáculo por el espectáculo. O, dicho de otra manera, hace de la inteligencia el mayor espectáculo del mundo. No ganaría unas elecciones si se enfrentase a Berlusconi, pero es algo que no le debería preocupar como no nos preocupa a sus seguidores. Pollini no es de este mundo. Es un dios. Y a los dioses hay que venerarlos como anteayer hizo el público de Madrid, que obsequió al pianista con un griterío de bravos y ovaciones, como hacía tiempo que no se escuchaba en Madrid. Y allí estaban en la sala, sin disimular su entusiasmo, desde Claudio Abbado a Alfonso Guerra. Disfrutando al límite, que es a lo que se va a un concierto.

MAURIZIO POLLINI

Obras de Chopin, Debussy y Boulez.

13 Ciclo de Grandes Intérpretes. Organizado por la Fundación Scherzo y patrocinado por EL PAÍS.

Auditorio Nacional, 15 de abril.

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La polonesa con la que terminó el bloque dedicado a Chopin fue de escalofrío, pero no menores fueron las versiones de las mazurcas, la balada o el scherzo. Estaba con ganas el maestro. Desplegaba una energía irresistible, pero no carecían sus lecturas de poesía. Su técnica apabullante estaba totalmente al servicio de la expresión y su mensaje iba directamente al corazón musical desde una postura reflexiva. Ni un adorno, ni un gesto inútil, ni una concesión. Pero la comunicación se imponía porque el diálogo entre el intérprete y el público era directo, desnudo, verdadero. Y Chopin parecía nuestro contemporáneo, con una fuerza arrolladora, que en otras ocasiones pasa inadvertida.

No sé si Debussy es el gran compositor para piano del siglo XX. Anteayer lo parecía. La brillantez de la exposición de la Sonata número 2 de Boulez fue de tal calado que nos dejó sin respiración. Recitales así se escuchan muy pocas veces.

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