09/11/2007
Todos los 17 de diciembre comenzaba la Navidad en la casa de los Guerra, y todas las Navidades eran un cuento triste para Ana Irene y Ana Elisa, como habían sido bautizadas las dos hermanas. Triste porque significaba siempre, y desde entonces, el final de algo. De un año escolar. El largo de una melena. La estatura. El paso de una aula a otra en el caso de la mayor, a quien todos llamaban Irene, perdiendo o reiniciando, daba igual, los trámites de conocidas o recientes amistades. Nuevas metas para Ana Elisa en su entrenamiento gimnástico. El tiempo pasaba y ya era evidente para ambas hermanas que no sería nunca un compañero de viaje. El tiempo era una constante malévola, que avanzaba antes de que ellas supieran percibirlo y desaparecería antes de que pudieran contárselo a sus amigas. O a esa persona, ese hombre por ahora sin rostro, que ambas esperaban conocer algún día.
Irene y Ana Elisa. La izquierda de la fotografía para la mayor, Irene, seis años recién cumplidos y preciosa. Todo en ella, brillante, tanto que el Ana sobraba. Con un solo nombre era suficiente. La derecha, siempre en la zona donde la luz es más débil, para la menor, Ana Elisa. Vestidas como si fueran gemelas aunque las separaran poco más de diez meses. En la Venezuela de aquellos días los hijos no podían distanciarse entre sí. Todos debían nacer casi al unísono para construir la gran patria que el Benemérito, como se denominaba al presidente no electo, caudillo eterno Juan Vicente Gómez, deseaba dejar tras de sí como «gran legado, insigne responsabilidad».
Allí estaban, en la misma dictadura, aunque las niñas no entendieran la palabra, en la década de los treinta, y aunque tampoco comprendieran qué era una década, otra Navidad sin nieve, las inmensas palmeras del jardín de la casa familiar meciéndose una vez más al suave vaivén del aire tropical de finales de diciembre. Las dos muy juntas y vestidas de la misma manera, sólo que a Irene el vestido infantil a cuadros escoceses, cosido por las monjas de la iglesia de San Francisco y enviado a casa en una caja de lazos grandes de color rosa, le quedaba siempre más entallado, como si a cada minuto estuviera creciendo y variando de medidas. El de Ana Elisa, en cambio, navegaba, flotaba, no le pertenecía, parecía siempre prestado.A medida que el momento de abrir los regalos se aproximaba, Irene se acercaba más y más a su hermana siempre pendiente de otra cosa; mirando hacia la ventana, imaginando que, en vez de palmeras que se mecían, una bola de nieve irrumpiría en medio del verde jardín y aplastaría con su gélido aliento el violeta de las orquídeas que cultivaba su madre.
No era así. Las palmeras jamás dejaban de mecerse, el clima se mantenía cálido todos los años, de brisas suaves, cielos ennoblecidos por un eterno azul. Súbitamente un mango caía y algún jardinero decía: «Se ha adelantado junio. » Nunca hubo trineos nevados, osos blancos y zorros de ojos grises corriendo entre hielos, renos esperando una bendición. En vez de esa fauna de otros diciembres, Irene y Ana Elisa recordarían siempre la algarabía de los loros que saltaban de rama en rama, las guacamayas moviéndose en círculos enormes, quince, tal vez dieciséis, batiendo sus alas de colores vivos, el azul de siempre, el amarillo por conocer, el rojo que no se atrevía a revelar su nombre.
Entonces Josefina y Mariela, las criadas, cerraban las cortinas del salón y su padre se escondía detrás del proyector de películas recién llegado de California. Las niñas no podían quedarse despiertas en las fiestas de sus padres, donde el aparato, rey y centro de comentarios siempre, les cedía sólo por un día una mínima parte de su protagonismo. «¿El cine en casa, qué sentido tiene? Si para algo sirven las películas es para ver a la gente en el teatro», decía un invitado.«En el fondo es lo que estamos haciendo aquí, viéndonos siempre los mismos», respondía Alfredo, el padre,sin perder jamás su tono bondadoso. ¿Qué veían ellos, los mayores?, se preguntaban Ana Elisa e Irene. A veces oían desde sus habitaciones risas, canciones en inglés, ruidos de zapatos golpeando un escenario, la llegada de un tren, un barco alejándose de algún muelle.
Pero el día de Navidad el proyector no mostraba nada. No había película ni cantores de jazz. Su foco encerraba a las dos hermanas en un círculo de luz y ambas, extasiadas,
se dejaban envolver por el ruido de la máquina, un ventilador que les recordaba huracanes no vividos, desiertos jamás cruzados, manantiales escondidos en la montaña detrás de la casa.
?Ana Elisa, Irene, ¿dónde están ahora? ?preguntaba Alfredo.
?En el Polo Norte, papá. Esperando a Santa Claus ?respondía la primera, Irene, que aun siendo la mayor se asustaba un poco de esta teatralidad. Su mano buscaba la de su hermana pequeña a pesar de que las dos sabían, desde mucho tiempo atrás, que ése era su momento, un espectáculo montado sólo para ellas, en exclusiva, y más que acobardarse debían disfrutar de la entrega de sus regalos.
?¿Y por qué están en el Polo Norte, Irene?
?Porque ha llegado Santa Claus, papá ?contestaba la voz coloreada, adorable, de Irene.
?Y porque trae nuestros regalos ?agregaba murmullando, voz más real, más descriptible, Ana Elisa.
Se abrió la puerta del salón, la luz inundó toda la habitación y la mano de Irene estrechó con más fuerza la de Ana Elisa.
?Alfredo? Acaba de suceder algo.
?No me gusta esa cara, Carlota. Y menos ahora, con las niñas esperando.
?¡Ha muerto Gómez!
Los ruidos que siguieron no pertenecían al proyector, sino a respiraciones, sofocos de gente que venía corriendo en el deseo de compartir la noticia. De pronto ya no eran resuellos, eran gritos. «¡Murió el tirano!» «Ha muerto el bastardo» «Libertad para Venezuela» «Justicia para los criminales » Ana Elisa sintió que su padre la separaba de Irene y Carlota protegió con sus brazos a su hija mayor.
?Vienen hacia aquí, Alfredo. Gómez ha muerto y nosotros somos gomecistas. No nos perdonarán nada - gimió más que habló?. Irene, sube conmigo.
Lo primero que pensó Ana Elisa, entre las voces que se acercaban, los cuerpos que ya parecían estar jadeando alrededor de ellos en esa habitación, era que iban a salvar a su
hermana mientras que a ella la dejaban allí. Las dos tuvieron tiempo de mirarse, perplejas al ver cómo las separaban.
El proyector todavía encendido y los gritos de la calle cada vez más cerca. Josefina, una de las criadas, la recogió.
?Apártate de las ventanas, niña, ya llegan, están aquí?Y como si fuera el telón de un teatro que se desploma para descubrir una selva sin nombre que aparece sin razón, el cristal del ventanal, la inmensa pared de vidrio, estalló.
Josefina cubrió los ojos de Ana Elisa. Seis, ocho hombres, y su clamor contra el dictador se hacía real en su propia casa, sus ropas marrones, sus ojos cargados de furia. Sus alientos cortándoles el camino.
?¡Muerte a los cómplices del dictador! ?exclamaban.
Ana Elisa se fijó en uno de ellos. Josefina estaba tan asustada que fue incapaz de gritar. La presencia de la niña contuvo a los asaltantes.
?Tu padre, queremos a tu padre ?exigió uno de ellos.
Ana Elisa no respondió y Josefina se arrodilló, llorando, suplicando que no las tocaran.
?Da igual ?dijo uno de los hombres?. Todo lo que hay en esta casa lo han comprado matando a nuestra gente, metiéndolos presos, torturándolos.
La voz de su padre tronó de repente.
?Aquí estoy, no toquéis a las mujeres. Josefina, levántate y llévatela a su habitación.
?No quiero irme, papá.
?Ana Elisa, ¡sube!
Josefina se incorporó, rápida, y tomó a la niña. Uno de los hombres, sudoroso, de dientes blanquísimos y fuertes, el pelo negro casi ocultándole la cara, una mandíbula sobresaliente, un lobo erguido, se acercó a su padre.
?Usted y los que son como usted han permitido que la dictadura viviera años y más años mientras mis padres y mis hermanos se pudrían en la cárcel.
El padre de Ana Elisa bajó los ojos y, en ese instante, el hombre escupió sobre él. Toda acción se detuvo, todos pensaron que cualquier otro gesto desataría aún más violencia.
?Llévate a la niña fuera de aquí, Josefina. ¡Ahora! Ana Elisa sólo alcanzó a ver a su padre bajo el marco de la puerta mientras las cortinas se desplomaban sobre la alfombra
y los hombres las rompían con los dientes y las pateaban. Una última imagen grabada para siempre, la del ventanal roto que se volvía nada mientras las patas de las butacas del salón se quebraban y saltaban ante sus ojos como insectos que en un instante aprendían a volar y el proyector sin película iluminaba las sombras de esos seres que rodeaban a su padre, un ballet sin música, un destello sin pausa, hasta que uno de ellos cogió el aparato y lo estampó contra el suelo. «Cómplices, corruptos, protegidos del tirano. ¡Ha llegado vuestro final!» Y como si el escupitajo no fuera suficiente, ese mismo hombre golpeó a Alfredo hasta hacerlo caer y, con él por fin en el suelo, aplastó su pie contra el pecho e introdujo en la boca jadeante, humillada, del padre de Ana Elisa su pistola. «Dime que no has trabajado para Gómez, ¡atrévete a decírmelo!», exclamó, escupiéndole otra vez, Alfredo sintiendo en el paladar el sabor del revólver, como si el negro de su hierro quisiera disolverse en su lengua y sus ojos no pudieran ver más.
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