Martes, 15/12/2009, 21:44 h

ELPAIS.COMCultura

TRIBUNA: JUAN CRUZ

El calor de una amistad

JUAN CRUZ 03/11/2009

 
Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 65 votos
Imprimir   Enviar

Diez días antes de morirse, y hasta ayer mismo, Francisco Ayala, de 103 años, mantenía la lucidez que convirtió su escritura en un testimonio de firmeza, de sentido del humor y de memoria. Ésta, que es el sustento de su literatura, no le abandonó jamás; hasta el último instante, hasta cuando ya no tenía voz, Ayala era la voz de una memoria irreductible: la de la infancia en Granada, la de la larga juventud, la de la República, la del exilio...

Era fantástico escucharle, hasta el último recodo de su camino, anécdotas y sucesos que tuvieron lugar cuando nadie se acuerda; la frescura de sus recuerdos fue siempre el condimento de sus relatos. Su regreso a España, a principios de los sesenta, lo enfrentó a un país en el que seguían los rescoldos terribles de la guerra.

Él decía que durante los años de la Guerra Civil, e incluso en el periodo inmediatamente anterior, la gente se mataba por un mal saludo. En la paz difícil aquel resquemor se ocultó, pero él percibió al volver un país duro y oscuro, del color, decía, del "ala de las moscas". Su relación con la literatura no tuvo descanso nunca. Escribió memoria, novela, relato..., fue un extraordinario articulista, del que este periódico tiene abundante y generoso testimonio, fue editor, el descubridor de Cortázar, entre otros, y fue un académico infatigable.

Sus compañeros de corporación le recuerdan, hasta en los momentos recientes, cumpliendo fiel su tarea, subiendo y bajando las escalinatas de la Docta Casa. Le recuerdan también con un humor que no conoció desmayo, excepto cuando a su alrededor observaba, en la política y en la vida, que lo que se decía no estaba a la altura de las circunstancias.

Fue un intelectual radical, cuya experiencia fue siempre puesta al servicio de una manera de patriotismo; no le gustaban las solemnidades de las patrias, pero su formación literaria y su educación política le llevaron siempre a tener un enorme respeto a las formalidades que hacen que los países sean lo que él quería que fuera éste, un país serio. En los últimos años el cariño imborrable de su esposa, Carolyn Richmond, y el afecto y la admiración de muchos de sus amigos hicieron que no sólo hubiera homenajes, reediciones, afecto popular, afecto intelectual, sino que hubiera el calor de una amistad que él propició siempre, sin desmayo, hasta el último suspiro.

Vota
Resultado Sin interésPoco interesanteDe interésMuy interesanteImprescindible 65 votos

¿Qué es esto?Compartir:

Facebook  delicious  technorati  yahoo meneame myspace

Puedes utilizar el teclado:

aumentar texto disminuir texto Texto   

Otras ediciones

Última hora

 
Últimas Noticias
Hora Noticia
21:02 Un forzudo de carne y hueso junto al Capitán Trueno
20:52 Obama pacta con el Senado los últimos detalles de la reforma sanitaria
20:49 Carmina Burana, versión Fura
20:39 El TSJC avala el despido de dos enfermeros por tener VIH
20:31 El secreto de las comunicaciones por teléfono e Internet, a debate en Alemania
 
 
 
 
 
asociados otros medios

© EDICIONES EL PAÍS, S.L. - Miguel Yuste 40 - 28037 Madrid (España)

Canal de la Sociedad de la Información