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REPORTAJE

La 'cantante calva' llora a papá

Francia celebra el centenario de Ionesco, creador del 'teatro del absurdo' - Una exposición recoge el legado de uno de los grandes dramaturgos del siglo XX

BORJA HERMOSO - París - 08/11/2009

 
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Jacques Derrida deconstruía el concepto, Ferran Adriá la tortilla de patatas y Eugène Ionesco, el lenguaje, "instrumento de exclusión y alienación". En cualquiera de los casos -el sein und zeit heideggeriano, la manduca de diseño o el teatro del absurdo-, el lema parecía ser algo así como "por la desmembración, hacia la esencia", que no es lo mismo que desmembrar impunemente la esencia, ejercicio muy del gusto de algunos políticos de hoy.

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Dos de sus grandes obras se representan en París desde hace 52 años

La muestra incluye los dibujos preparatorios de las piezas teatrales

Así que, ateniéndose a esa profesión de fe, Ionesco parió hace 59 años a la cantante calva, que no era ni calva ni cantante, de hecho no había cantante calva alguna, pero igual da, ya que le sirvió al dramaturgo para establecer su verdad de las cosas: usar el blah-blah-blah del mundo moderno para, desde el cruce de caminos donde se dan la mano la angustia, el humor y el sinsentido, contar el meollo: la soledad del hombre y la insignificancia de su existencia. Había nacido, sobre las planchas del Théâtre des Noctambules de París -11 de mayo de 1950- el teatro del absurdo o, mejor dicho (el término nunca gustó a Ionesco), el teatro de la burla.

Tantas cosas después, Francia celebra no sólo la partida de nacimiento de un género teatral denostado y admirado por el que también pulularon Beckett y Adamov -Arrabal, en menor medida-, sino también y sobre todo el centenario del autor de obras como La cantante calva, El rey se muere, Rinocerontes o Las sillas. "Antiobras teatrales", como le gustaba decir al interesado, Eugène Ionesco (Slatina, Rumania, 26 de noviembre de 1909-París, 28 de marzo de 1994).

El guateque conmemorativo está a la altura de la propia dimensión de quien fuera uno de los autores dramáticos más representados en todo el mundo y de quien sigue siendo campeón mundial del teatro en número de representaciones para una misma obra (la propia cantante calva y La lección, puestas en pie cada noche desde hace 52 años en el diminuto Théâtre de la Huchette del Barrio Latino, cerca ya de las 17.000 funciones).

Sobre todo, los fastos del centenario Ionesco quedan resumidos en la fascinante exposición que la Biblioteca Nacional de Francia dedica al escritor hasta enero del año próximo. No es para menos: el material que se abre a los ojos del visitante sintetiza a la perfección el catálogo de honores y de disgustos: entre los primeros, haber sido el único autor inmortalizado en vida por el sanctasantórum de la biblioteca de La Pléiade gloria de las letras francesas, haber podido codearse con lo más granado de la gravedad literaria en la Academia Francesa, o haber logrado el pasaporte para su nombramiento como Gran Sátrapa del Colegio de la Patafísica. Entre los segundos, haberse granjeado la enemistad sincera de los grandes paladines del teatro ideológico y comprometidogama Bertolt Brecht Roland Barthes y los teóricos de la revista Théâtre populaire, el mismísimo Sartre o JeanJacques Gautier, el temible crítico de Le Figaro, que le crucificaron por escapismo y ausencia de mensaje.

El valor máximo de la exposición de la BNF (comisariada por Noëlle Giret sobre una insólita escenografía de cajas de cartón reciclado y soporte audiovisual y vertebrada en "ocho obsesiones ionesquianas", a saber, el lenguaje, Dios, la muerte, la acumulación, el compromiso, la crítica, la iluminación y la pintura) se refiere a la procedencia de su contenido. Manuscritos, correspondencia personal, dibujos, croquis preparatorios de obras como los de El rey se muere, guiones cinematográficos, fotografías, pinturas del propio Ionesco o de amigos como Miró, Giacometti, Vieira da Silva, Alechinsky o el propio Arrabal, objetos personales como el librito del método Assimil para aprendizaje rápido del inglés, germen de La cantante calva... En resumen, un pequeño tesoro procedente de los propios archivos personales de Ionesco: unos archivos que, en teoría, no existían pero que acabaron saliendo a la luz. Expliquémonos.

Víctima confesa de un profundo horror a la celebridad y a la posteridad ("no es absurdo el mundo, pero sí la posición del hombre en el mundo"), Eugène Ionesco nunca quiso oír hablar de atesorar los recuerdos. Romper, destruir, quemar. Pero traicionera y afortunadamente, su fiel esposa Rodica, fallecida en 2004, fue haciendo caso omiso a su voluntad y guardando viejas cajas de zapatos, carpetas olvidadas, vanos de escritorio el legado de aquel electrón libre.

El conjunto, recién donado a la Biblioteca Nacional por MarieFrance Ionesco, hija del escritor, permite asomarse al anticomunista feroz y al feroz antifascista, al depresivo, al metafísico, al agnóstico que quería creer ("para mi padre, que quiso ser monje pero le faltó fe, el arte era un sustitutivo de la religión", explica MarieFrance Ionesco confortablemente sentada en el saloncito del 96, Boulevard de Montparnasse, donde vivieron los Ionesco desde 1964), al tipo que colocó el individualismo innegociable en la cima de las opciones morales.

Allí, en el interminable apartamento, sigue incólume el minúsculo gabinete donde el autor de La búsqueda intermitente dictaba a una secretaria lo que escribía en sus cuadernos cuadriculados de colegial. Allí están, colgados de las paredes como mirando de reojo al visitante, los folios viejos, los iconos rusos, los aguafuertes de Chagall, el rancio butacón donde Ionesco se sentaba para descolgar el teléfono y llamar al intendente del teatro de turno: "¿Qué, cuánto hemos recaudado esta noche?".


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