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La coqueta diva del piano

Alicia Keys ofrece en Madrid una fiesta de música negra

CARLOS MARCOS - Madrid - 18/03/2008

 
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Noche de contrastes. Mientras en una esquina de Madrid cientos de adolescentes en la edad del pavo lloraban por la suspensión del concierto que debía celebrar hoy el último fenómeno fans, Tokio Hotel (el crío que canta se puso enfermo), en el centro de la ciudad 8.000 personas (aquí se veían pocos adolescentes) habían abonado 50 euros para ver a la nueva diva del rhythm and blues, la neoyorquina de 28 años Alicia Keys.

Fue también una jornada de reflexión a orillas del Palacio de Deportes. Reflexión sobre un género musical con el que parece que en España comenzamos a familiarizarnos a escala masiva: el rhythm and blues, un estilo que consiste en empastar los sonidos afroamericanos: soul, funk, hip- hop, gospel... Tampoco debe faltar el aderezo: purpurina, simpáticos bailarines, voces soberbias, ecos de fiestas yanqui. Y los movimientos de ayer apuntan a que sí vamos cogiendo paso a este género.

El concierto comenzó muy a lo barras y estrellas. En las pantallas se escenificó una especie de cortometraje con nuestra estrella, claro está, de protagonista. Enrolada en un coro gospel, Alicia ve cómo el sacerdote la señala como la gospeliana más prometedora. Algarabía y fiesta. Un buen arranque. Vestida con chaleco dorado, pantalones ajustados y zapatos plateados de tacón de aguja, desde el primer momento fue una revelación, algo así como esa tímida compañera de trabajo con la que sales un día y te das cuenta de que es una bailonga. No es lo suyo esto de agitar el cuerpo, pero se agradece el esfuerzo. Por comparar, no se mueve como Beyoncé; ahora, donde derrota a la chica de Jay Z es en la voz, portentosa en las dos horas de concierto. Sobre todo cuando se sienta al piano, ella a solas, donde se muestra sexy, liberada, en su sitio.

Acariciando un hermoso piano negro, Alicia Keys coquetea con el público, le guiña el ojo, habla e interpreta como los ángeles un soulero Superwoman. Después de media hora de música grande, otra vez a la fiesta, tan al límite en algunas ocasiones (esa escena de los bailarines simulando un romance es mejor olvidarla) que roza la horterada. Ahí sí que Beyoncé es insuperable.


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