Martes, 7/10/2008, 17:41 h

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FRAGMENTO LITERARIO

El cumpleaños de un pater familias satisfecho. «La fábrica y la familia, sus auténticas pasiones.»

Babelia ofrece a sus lectores el primer capítulo de la novela Boca sellada

SIMONETTA AGNELLO HORNBY 15/05/2008

 
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El perro arañaba la puerta acristalada. El sol caía sobre las ramas de los árboles y se reflejaba incandescente en sus hojas; un haz de luz horadaba el centro hasta alcanzar la plata del aparador de la pared.

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Tito se limpió las manchitas de salsa de la boca. Se pasaba una y otra vez el borde de la servilleta por los labios apretados, como si se diera un masaje; después extendió el cuadrado de lino sobre las piernas y lo alisó con la palma de las manos.

Su hijo Santi estaba enfrente de él, al otro extremo de la mesa, como en las sesiones del consejo de administración de la fábrica de pasta: les bastaba una ojeada para entenderse al vuelo. A la derecha del hijo, la tía.

Tito recorría con la mirada a cada uno de sus cinco nietecitos. Algún día, ellos también participarían en esas sesiones junto a él: en el fondo aún era joven, cumplía sólo sesenta años.

?¿En qué piensas, abuelo? ?le preguntó Titino, siempre alerta.

?En que estoy muy contento ?respondió y, dirigiéndose a los demás, añadió?: ¡Me gustaría que brindáramos con agua, todos juntos, pequeños y mayores!

?¡Pero si los niños no se han terminado la pasta aún! Mariola, su mujer, meneó la cabeza, apresurándose con todo a servir la bebida. Después, con un gesto, dio la señal. Con el vaso levantado, Tito aguardó a que todos estuvieran listos. Dirigió su mirada hacia la tía y dijo:

?¡Brindemos por la tía y por la abuela, a quienes debo el mejor regalo de este cumpleaños: mi familia!

Hubo un entrechocar general de vasos, que repitieron varias veces para contentar a los más pequeños, fascinados por aquel nuevo juego. Agotado por el esfuerzo de tanto brindis, Tito repartió tímidas sonrisas y se enfrascó después de nuevo en sus agradables pensamientos.

Comía en aquella mesa desde que aprendió a apañárselas con el cuchillo y el tenedor, con su padre a un lado y la tía y él en el lado contrario, bajo el resplandor de la enorme araña de hierro forjado de diez brazos. Tito se sentía cohibido, encerrados como estaban entre los enormes candelabros a un lado ?comensales inmóviles? y el centro de mesa de plata al otro. Con el tiempo se había acostumbrado a ello. Cada día, al final de la mañana, comenzaba a degustar por anticipado aquel momento de intimidad familiar. Los platos siempre eran una sorpresa, aunque sabía que por lo general la tía ordenaba preparar lo que a él le gustaba ?su padre le obligaba a probar de todo y a terminarse lo que se había servido? y que a menudo iba más allá: cada vez que su padre le reprendía, ella le procuraba sus platos preferidos. Tito estaba seguro de que así, tácitamente, la tía expresaba su desaprobación respecto a la severidad de su hermano y ofrecía consuelo a su sobrino.

La tía le estaba diciendo algo a Sandra y no se percataba de que la estaban observando; con un ligero suspiro, Tito se lanzó sobre los salmonetes a la livornesa, que le encantaban. Se metió en la boca un bocado abundante. La carne firme del pescado fresquísimo combinaba a la perfección con el condimento de tomate con cebolla; cada sabor quedaba diferenciado, incluso el del perejil esparcido generosamente al final de la cocción. También su mujer lo mimaba en la mesa. Tito la miró: ella tampoco le hacía caso, estaba ayudando a la pequeña Daniela a comer el pescado con el tenedor. Los salmonetes de los niños se habían limpiado en la cocina, pero Mariola temía que hubiera quedado alguna espina. Vera, caprichosa, avanzaba muy lentamente, a pequeños bocados. Sandra comía con desgana, escuchando la conversación de los adultos, curiosa. Marò hablaba con ímpetu, con la boca llena. Daniela pedía en voz alta más pescado. Titino mantenía los ojos fijos en el plato, muy compungido.

Tito les atribuía mentalmente a cada uno de ellos un apodo, inspirándose en las distintas variedades de pasta que ilustraba el prospecto de papel satinado que el director comercial de la fábrica acababa de confeccionar: había setenta tipos. Tendrían que preparar otro sobre los procedimientos de fabricación y desecación de la pasta: los mercados extranjeros solicitaban información acerca del proceso de producción para planear sus estrategias de difusión comercial. Tenía que hablarlo con Santi al día siguiente.

?¿Tú también te quedas embelesado con estos hijos y nietos nuestros tan guapos? ?le preguntó de repente Mariola.

?La verdad es que estaba pensando en el nuevo prospecto de la fábrica y en lo bien que ha quedado. ¡Le he dado a cada nieto el nombre de una variedad de pasta y me parece que he acertado con todos! Titino, a quien le gustan los coches antiguos del abuelo ?dijo pasándole un brazo por los hombros?, es (¿qué otra cosa podría ser?) Ruedas.

?Y Marò, ¿qué pasta es? ?le apremió el niño. ?Marò, la charlatana, es Lengüitas. Y Daniela, que es la más pequeña, Lenguas de pájaro. Vera, que come como una hormiguita, se llama Bocaditos. Sandra, que está siempre con las orejas tiesas cuando nosotros los mayores hablamos...,¡Orejitas!

La tía no conseguía entenderlos bien, pero Santi le susurraba cada apodo, que todos recibían entre gritos y carcajadas; y ella se reía feliz, con la mirada fija en su sobrino.

?¡Quién hubiera dicho que tu padre tenía un sentido de la observación tan agudo! ?le susurró a Santi.

?¡La fábrica y la familia, sus auténticas pasiones! ?apuntó él, y dijo después en voz alta?: Papá, me apuesto algo a que para nosotros también hay nombres.

?Desde luego, pero a vosotros sólo os voy a dar los números del catálogo.

Con la boca medio llena de pescado, Antonio levantó la mano:

?¡A mí exclúyeme, yo ni siquiera me acuerdo de los catálogos de mis clientes!

?¡Lo mismo digo! ?se apresuró a añadir su otro yerno, Piero.

Y empezó una suerte de tómbola, en la que Tito le daba a cada uno un número que ellos interpretaban al vuelo, entre la hilaridad general:

?Mariola, cincuenta y seis...

?¡Dedalitos!

?Elisa, treinta y tres...

?¡Ganchitos!

?Santi, treinta y cinco...

?¡Macarrones rayados!

La tía se había erguido en su silla con las muñecas apoyadas en el mantel, dispuesta ella también a participar en el juego. Tito vaciló. Un leve parpadeo de Santi y la tómbola prosiguió:

?Tía Rachele, cuarenta...

?¡Anillitos! ?gritó ella, tan vivaz como una niña. Después le susurró a Santi?: ¡La memoria me sigue funcionando bien!

Sólo quedaba una. Y Teresa, la hija mayor, no supo qué contestar cuando su padre le dijo:

?¡Treinta y nueve! «Está en el consejo de administración y no conoce la pasta que fabrica...», rezongó para sus adentros Tito, y cerró el carrusel con un suspiro, dejando a Teresa con su número desnudo, sin nombre. Mariola estaba a punto de intervenir, pero no hubo necesidad: en aquel momento Sonia, la criada, hizo su entrada triunfal en el comedor con la tarta sobre una bandeja de plata.

?¿Y yo qué pasta soy? ?murmuró Vanna, sentada a la derecha de su suegro.

?Tú eres la veintisiete.

?¿Y qué tengo que ver yo con los Cabellos de ángel? ¡Si los llevo cortísimos! ?objetó ella.

?Es mi pasta preferida, pero no se lo digas a nadie. ?Y sus miradas se entrecruzaron risueñas.

Era una calurosa tarde de principios de mayo; estaban tomando café en el jardín, con chocolatinas y galletas de almendra, dada la ocasión. Cómodamente sentado en una butaca, Tito seguía somnoliento y casi hipnotizado por la deslumbrante floración de las mimosas que ondeaban, con la nariz invadida por las fragancias de la tierra.

?¿Ya le has contado a tu abuelo los deberes que tienes? ?dijo Vanna, y con manos amorosas empujó a su hijo hacia Tito.

?La maestra quiere que cada uno de nosotros escriba la historia de su familia. Tenemos que hacer, eso nos ha dicho, nuestro árbol genealógico. ?Titino, orgulloso, silabeaba las palabras?. ¿Me ayudas, abuelo? ?Y enumeraba todo lo que le hacía falta?: Nombres, fechas de nacimiento, fotografías... ?Tito se puso rígido mientras el niño proseguía?: ... dibujos, cartas...

Una rabia sorda acabó con el bienestar de antes.

?Ya veremos ?dijo apoyando su mano, con todo su peso, sobre el hombro de su nieto preferido?. Ahora vete a jugar con tus primitas.

Pero Titino no se movió. Estaba a punto de romper a llorar.

Vanna hizo una mueca imperceptible. Santi, que los estaba observando, intervino con tono conciliador:

?Papá, ¿qué te cuesta?, basta con alguna vieja fotografía...

Silencio. Como de costumbre fue Mariola quien resolvió la situación; mientras se llevaba a su nieto, le iba diciendo:

?Vamos a por la caja de las fotografías. Mañana nos las miraremos todas, ¡te saldrán unos deberes estupendos!

Tito estaba listo para el paseo de después del café. Avanzó unos cuantos pasos y se dio la vuelta. Nadie hacía ademán de seguirlo. Los demás picoteaban chocolatinas y hablaban en voz baja y de mala gana, sin hacerle caso. Era como si una niebla hubiera caído sobre su familia, clavándolos a todos en sus respectivos asientos. Tito los miraba uno por uno.

Teresa se dio cuenta e intentó ablandarlo:

?¿Te ha gustado la tarta? La encargué en el Picadilly Bar. Tito bajó la mirada en señal de distraído asentimiento.

?Me gustaría encargar allí los pasteles para la fiesta de la primera comunión de Sandra, tienen una pastelería excepcional, aunque claro, ¡es carísima! ?proseguía mientras tanto Teresa, y repetía?: ¡Carísima, realmente carísima! ?dirigiéndose a los demás.

La conversación se reanudó, pero el buen humor se había disipado.

?La decoración de fruta y de nata era magnífica, aunque claro, con esos precios, faltaría más... ?comentó Vanna.

?Esto es sólo el preámbulo... Querrá que papá le dé dinero ?le bisbiseaba entre tanto Elisa a Antonio.

?¡Ya vale, es el cumpleaños de tu padre! ?le contestó secamente él.

?¡Ésa consigue todo lo que quiere con sus zalamerías! ?insistió Elisa, ácida, y buscó los ojos de Santi. Él le lanzó una mirada furiosa.

Piero les había oído.

?Teresa, date prisa, tenemos que irnos: ¡tengo que escribir una sentencia para mañana! ?le dijo imperioso a su mujer.

Las familias de los hijos se habían marchado. Tito y Mariola se quedaron solos con la tía, adormilada en un sillón de mimbre.

?Titino sólo tiene ocho años ?dijo Mariola?. Son deberes importantes para él. Podemos hacerlo, no nos cuesta nada.

?Ahí se ve la podredumbre de este país, en que nadie se ocupa de sus propios asuntos. En el colegio ya no se enseña a leer ni a escribir: ¡nos hemos convertido en un pueblo de analfabetos y tenemos los gobernantes que nos merecemos! ¡Hasta Manuel, ese indio que zapa el jardín, habla italiano mejor que el guarda! ?dijo Tito en voz alta.

?Tu padre decía que Manuel era maestro de escuela en Goa, y que la tía le había enseñado a cuidar de sus plantas, algo que por lo demás aún sigue haciendo. Hasta le traía semillas de la India. Y tú lo tratas como a un jornalero. Trabaja mucho en casa, pero tú no te das cuenta... ?le reprobaba Mariola?. Si oyeras a Dana, en cambio..., ¡esa cernícala ha aprendido el dialecto de la familia para la que trabajaba antes!

Tito permaneció en silencio. Después añadió, sin ninguna entonación especial: ?La tía se está quedando dormida. Haz que la lleven a su habitación. Yo, mientras tanto, voy a comprobar que se haya regado el rosal como es debido.

Llamaron a la rumana, quien ayudó a la tía a levantarse. Desde lejos, Tito observaba las pantorrillas y los muslos robustos de Dana, inclinada sobre su tía, y espiaba bajo la minifalda. Su malhumor se atenuó y continuó con la inspección del jardín.

Sonia le pasó el teléfono.

?Me llamo Dante Attanasio. No nos conocemos ?dijo una voz sin acento.

?Dígame.

?Mi madre era compañera de internado de su tía Rachele. He venido a Sicilia para hacer un reportaje fotográfico, he alquilado una casa aquí cerca. ?Tito permanecía a la defensiva y callado. El otro prosiguió?: Estoy buscando alquerías típicas y capillas barrocas. Me gustaría conocerle, si no fuera una molestia.

Tito volvió a la inspección de los bancales, molesto porque lo habían cogido por sorpresa y por haber cedido al atrevimiento de aquel hombre. Ahora todo le parecía digno de reproche: los geranios no se habían podado como era debido, los bancales de los cactus estaban empapados, los cántaros de los rosales secos, los jazmines sedientos. Tomó la decisión de ordenar que instalaran un sistema de riego automático, pero ni siquiera esa idea le resultó grata: su jardín estaría patas arriba durante semanas.

Mariola se había ido a acostar. Tito paseaba saboreando el rito nocturno del último cigarro. Planificaba el sistema de riego y se percataba de otros trabajos por hacer: alinear los ladrillos del paseo, enderezar los asientos de piedra, alargar el parral. Se volvió para contemplar el palacete henchido de orgullo. Había sido enlucido el año anterior y había recuperado su color ocre original: la luna llena lo acariciaba y resaltaba los arabescos de los azulejos esmaltados, que punteaban las siluetas de puertas y ventanas para reunirse después en un dibujo que recordaba la forma de una colmena ante la ventana ?casi una tronera? de la Habitación de Nuddu, en lo alto de la pequeña torre. Tito seguía el fluido dibujo de la barandilla de hierro forjado y no se cansaba de admirar la elegancia de la arquitectura modernista.

En la tercera planta, las ventanas de la habitación de Dana estaban entreabiertas. Tiró al suelo la colilla del cigarro y enfiló con agilidad hacia la escalera de servicio. Tito completó la celebración de su cumpleaños entre las ásperas sábanas de la rumana.


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