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REPORTAJE

El descaro institucionalizado

Los reventas actúan a la vista de todos sin que las autoridades reaccionen

ÁLVARO DE CÓZAR - Madrid - 16/05/2008

 
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El agente municipal llega con las gafas de sol puestas y el rostro chulesco que otorga el ir montado a caballo. “¿Qué?, ¿has pillado a alguno?”, le dice a un compañero de a pie. “Qué va. Cómo vamos a pillarlos si nos tienen ya muy vistos. Hemos visto a algunos pero se han ido al César. Nada de nada”, contesta con desgana.

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"Las de Tomás las tengo a 800 euros. Y siguen subiendo", dice un reventa

El escenario de esta conversación es la plaza de Las Ventas, ayer a las cinco y media de la tarde, poco antes de que empiece la fiesta y una de las tardes importantes de la Feria de San Isidro. Y, obviamente, los policías se refieren a los reventas, esos tipos que se ganan la vida multiplicando el precio de las entradas con el sistema más viejo del mundo: controlar la demanda. Muchos de ellos se han ido al César, uno de los bares que hay frente a la plaza, donde a esa hora realizan las transacciones.

Estos tipos son gente conocida. Los hay que son viejos nómadas del negocio, toda la vida dando vueltas de feria en feria, de espectáculo en espectáculo. Lo mismo les da una final en el Bernabéu, que una obra de teatro, pero donde se mueven cómodos es junto a la puerta grande de la plaza, con el bastón o el periódico en una mano, los bolsillos cargados de boletos y una mirada de lince para captar compradores y decir en voz baja eso de “Pa los toros, pa los toros”.

“Llevo ya muchos años. Esto me da para comer”, asegura uno de ellos, de los pocos que acceden a decir algo. Cuenta que sus entradas las obtiene de los abonados que no van a asistir, pero no quiere dar muchos detalles. Tampoco los da Ricardo, nombre ficticio de un joven desaliñado que ofrece una tarjeta de visita plastificada y diseñada a conciencia; un toro y un futbolista dibujados en los márgenes donde se puede leer: “Compraventa de entradas. Todo tipo de eventos”. “Llámame al móvil si te decides. Las de José Tomás las tengo a 800 euros para el día 15 en tendido de sombra, 250 en sol. Dile a tu jefe que se dé prisa porque siguen subiendo”, comenta.

Uno de los policías municipales esboza su propio panorama del asunto. “Mira, esto es una mafia. Todos están en la misma red. La empresa da entradas a las agencias del 20% y éstas las distribuyen entre los reventas. A la empresa le interesa que esto siga así”. Las agencias del 20% tienen sus puestos autorizados enfrente de la plaza donde revenden las entradas con ese porcentaje de incremento. Una de las taquilleras asegura que no sabe nada de los reventas ilegales: “Yo me dedico a lo mío. No sé qué hacen ellos. Ni quiénes son”.

El policía explica que sólo actúan cuando pillan una transacción. “Si los vemos sacando las entradas los cogemos. Pero no podemos ir y sacárselas de los bolsillos”. “¡Qué vergüenza!”, exclama un portavoz de Las Ventas al otro lado del teléfono. Él también asegura que no pueden hacer nada y que eso ha ocurrido siempre. O sea, que todos lo saben y todos lo permiten. Algunos lo llaman tradición. Otros han buscado una manera más original para describir la situación: institucionalizar el descaro.


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