Sábado, 21/11/2009

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CRÍTICA: DANZA

El féretro como cuna

ROGER SALAS 07/11/2009

 
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La tozudez de buen empecinado le ha hecho triunfar. Israel Galván, bailarín de cuna y cepa (procede por ambas vías de familia del baile), está haciendo el camino inverso, quemando huella y memoria. Como si el espectáculo fuera el diván del psicoanalista. El encumbramiento foráneo le vino de poderosos festivales franceses (Aviñón, Montpellier) y de la crítica francesa, que parece adorarle y ve en él un renovador necesario. Artista muy politizado, la obra tiene una pretensión cosmogónica y suena a discurso de iluminado donde toda provocación es poca, llegando a la performance neodadaísta. El efecto es brutalista y buscado.

EL FINAL DE ESTE ESTADO DE COSAS. REDUX

Compañía Israel Galván. Baile y coreografía: Israel Galván; dirección artística: Pedro G. Romero; dirección escénica: Txiki Berraondo. Teatro Español, Madrid. 5 de noviembre.

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A manera de prólogo, un filme con demasiado texto para leer y de claro tinte antisemita habla de guerra y de un mensaje desvalido desde Líbano. Después, una sesión de mimo donde el contorsionismo desdobla la expresión bailada, la trocea, establece el prolegómeno de un imaginario que pasa por la imaginería barroca procesional y llega al esperpento clásico, a la sátira de tinte oscuro y brochazo grueso. Con un audio excesivo y cruel con el oído humano que desvirtúa las calidades de las voces, aparece en escena un trampolín basculante sonorizado, que domina en espacio, y quiere ser metáfora del inestable mundo que relata y acaso baldío callejón sin salida.

El producto Galván es distinto, singular; hay algo deliberadamente histriónico en la presentación y con ello maquilla su registro en estricto de bailarín-bailaor, que tiene limitaciones en su arco de giros, zapateado y salto. Así desarrolla un 80% de su danza en perfiles, en paralelo a las cortinas y en perpendicular al público, dando más importancia a su "perfil bueno", el izquierdo. Esta inquietante angulación llega a tener sentido y se complementa con un objetivo en diagonal que se sospecha delirio clínico. Saetas, nanas, salves y tacón: todo debe ser atenazado en la destrucción, su particular castigo al orden universal descrito en San Juan.

También aparecen tres cirineos-rockeros; una violinista con sombrero del Tirol; una escena de travestismo que camina de la ocultación al expresionismo de bordes negros (piénsese en Solana) y por fin se llega a lo que se ha convertido en su icono: los ataúdes. Sencillos féretros hexaedros arcaicos de madera desnuda que sirven de tajona y pista y en los que el solista acaba acunado por un agotamiento vital del discurso, metáfora de un viaje tan circular como enigmático.

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