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CRÍTICA: La lidia - Feria del Aniversario

La indignidad

ANTONIO LORCA - Madrid - 04/06/2008

 
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La corrida acabó con una ovación de despedida a Castella tras una faena de quiero y no puedo a un buen toro de Peñajara; y la tarde estuvo salpicada, también, con destellos de ese aroma torero que todavía desparrama Julio Aparicio, que tuvo y retuvo una estética sin igual, pero a quien ha hecho presa la impotencia, al tiempo que su empaque se resiste a mantener el tipo cuando el toro galopa hacia los terrenos del torero.

Garcigrande / Aparicio, El Juli, Castella

es toros de Garcigrande, muy mal presentados -indecoroso el primero-, inválidos y descastados; y tres de Peñajara -cuarto, quinto y sexto-, de desigual presentación, justos de fuerza y cumplidores en el caballo; noble el primero, manejable el segundo y con fijeza y recorrido el último.

Julio Aparicio: pinchazo y estocada (ovación); casi entera y descabello (silencio).

Julián López El Juli: bajonazo (pitos); estocada trasera y un descabello (silencio).

Sebastián Castella: bajonazo (palmas); -aviso-, pinchazo, media baja y un descabello (ovación).

Plaza de Las Ventas. 3 de junio. Primera corrida de la Feria del Aniversario. Lleno.

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Se anunciaron seis toros de Garcigrande y sólo fueron aprobados tres

El Juli y Castella tienen profesionales que eligen gatitos para sus faenas

Ha estado mucho tiempo sin torear, nunca fue un héroe, y la vida no pasa en balde. Mantiene el ángel sevillano que le vio nacer, pero le fallan las fuerzas y el corazón late a otro ritmo. Pero es verdad, también, que se mostró ilusionado y con una entrega juvenil mientras sus piernas se lo permitieron. Así, dibujó tres naturales de embrujo a su noble primero, y otros tres, después, ligados con un largo de pecho, y la plaza entera recordó las vibraciones artísticas de un Aparicio que deslumbró cuando era joven. Recibió al cuarto con un par de verónicas con las manos muy bajas, cimbreando la cintura, y cerró con una media de auténtico cartel, y otra más en un quite, que supo a verdadera gloria. Comenzó el tercio final con un primoroso cambio de manos, salió corriendo hacia el centro del ruedo y citó a su oponente con la gallardía de los grandes toreros. Y el toro, noble y encastadito, acudió con alegría. Y cuando Julio lo vio venir (huy, madre mía...) encogió la barriga, enseñó el trasero, se movieron las zapatillas y lo recibió muy despegado y la figura descompuesta. Le había fallado el corazón, sinónimo de valor y entereza; su ilusión fue mayor que su capacidad de decisión. Volvió a citar, quería, pero ya nada fue igual. Muy precavido ante los astifinos pitones del toro, decepcionó con una imagen de impotencia previsible, pero que la plaza entera se negó a aceptar hasta que se dio de bruces con la realidad. Había sido un espejismo.

Pero esto no fue más que una pequeña parte de lo que sucedió. Fue bonito mientras duró, pero fue muy breve.

Lo ocurrido ayer no tiene nombre. O muchos, según se mire: un espectáculo indigno, un escándalo, un fraude, un petardo, una página negra, al fin, de la historia de esta fiesta.

Se anuncian seis toros de Garcigrande y sólo son aprobados tres. Y éstos no eran toros, sino gatos indecorosos; sobre todo, el primero, que no hubiera pasado como novillo en cualquier plaza de primera. ¿Quién contrata estos toros? Atención, en el cartel están dos figuras, El Juli y Castella, que cuentan con veedores profesionales que van por esos campos eligiendo gatitos para sus toreros. ¡Qué poca vergüenza torera venir con esas sardinas a Madrid! Y quién es capaz de explicar el papel del presidente y los veterinarios que aprueban tres raspas. El conocimiento se les debe suponer, pero su prestigio ha quedado seriamente en entredicho.

Chiquitín, chiquitín, peludo y suave era el gatito que tuvo enfrente Aparicio en primer lugar; un toro, por llamarlo de alguna forma, que salió del caballo con el pitón izquierdo como una flor, lo que induce a la sospecha de posible manipulación de las astas. Eso, para más inri. Era un bondadoso de santoral, su docilidad era perruna, y muy indecente era el hecho de que se lidiara en Madrid. Lisiado y descoordinado fue el segundo gato, y allí estaba El Juli -un torero que ayer dejó muy baja su cotización como figura- haciendo alardes ante un proyecto de cadáver. La gente protestaba, pero él como si tal cosa, dando trapazos a diestro y siniestro como si el asunto fuera con otro. Ocurrió que en el quinto, de Peñajara, que se vino arriba en banderillas y persiguió la muleta, El Juli se comportó como un torero destemplado, se dejó enganchar el engaño y, a excepción de dos buenos naturales, quedó la impresión de que está lejos del torero poderoso del año pasado. Y, además de poco lucido, sordo. Pero estará contento con sus veedores y los veterinarios, que pretenden mimarlo entre algodones, para enfado de la escasísima afición que acude a esta plaza.

Amuermado y aborregado fue el tercero, y tampoco se ruborizó Castella, que quiso limpiar su imagen ante el encastado sexto y no lo consiguió. Fue la suya una faena larga, iniciada con dos pases cambiados por la espalda, destemplada por el lado derecho, en el que acompañó la embestida y mandó poco, y mejoró con tres estimables naturales, aunque nada crujió en la plaza. Al final, quedó la sensación de que la pelea la había ganado el toro.

Indigna e infausta tarde de la que se acusa a las figuras de mentira y a una autoridad que se pliega a sus exigencias. Un fraude...

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