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ANÁLISIS

El mejor retrato del retrato

FRANCISCO CALVO SERRALLER 31/05/2008

 
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Aunque existieron precedentes históricos, es evidente que el género del retrato es de creación moderna y tiene como fechas determinantes los siglos XV y XVI, algo que subraya la exposición del Museo del Prado, cuyo título, excesivamente vago, no hace justicia -o sólo desde el punto de vista publicitario- al talento y la importancia de la iniciativa. La primera gran aportación de esta formidable muestra es, por tanto, no defender la tesis de que el retrato individualizado se generó en el siglo XV, sino demostrar sus formas de individualización y, sobre todo, que el catálogo creado al respecto no consiguió ampliarse tras el XVI. Por supuesto, ya que afronta la compleja tipología fraguada en un relativamente escaso, pero intenso, lapso temporal, también nos proporciona una extraordinaria casuística jamás abordada por ninguna otra exposición del retrato.

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En este sentido, se puede afirmar que nos encontramos con una exposición única y, por consiguiente, la mejor, o, si se quiere, la más interesante de las hasta ahora ensayadas. Es tan relevante el enriquecimiento conceptual que, por una vez, cabe, si eso fuera posible, postergar la nómina abrumadora de las obras maestras acopiadas. El inteligente acuerdo con la National Gallery de Londres, cuyos fondos son muy complementarios con los del Prado, redondea el resultado. Sea como sea, no hay duda de que, con esta nueva iniciativa, el Museo del Prado, esta vez siguiendo el certero criterio de Miguel Falomir, conservador jefe de pintura italiana y comisario de la exposición, ha vuelto a situarse a la cabeza de los museos históricos del mundo.

Algo hay que decir sobre los grandes maestros que se exhiben en esta exposición, entre los cuales la presencia de Piero della Francesca, Sandro Botticelli, Tiziano, Lotto, Durero, Holbein, Jan van Eyck, Moroni, el maravilloso despliegue de esculturas de los Leoni, Rafael, etcétera, más algunas aportaciones que enlazan la proyección de estos artistas con el siglo XVII, es sólo un mero índice resumido de las 130 obras que están reunidas en esta muestra inolvidable. Por lo demás, hay sugerencias de una gran novedad formal e iconográfica, como, por poner un ejemplo, la notabilísima revelación de la fuente del autorretrato de Tiziano inspirado en lo que se consideraba legendariamente la imagen conservada del filósofo Aristóteles. Ha sido muy certero, por otra parte, explicar los modelos de retrato a través de su muy variada función social, lo cual permite introducirnos en los mecanismos de lo que constituía la vida cotidiana, algunos de cuyos rasgos perviven en la actualidad.


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