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CRÍTICA: TEATRO

Ese niño terrible y revirado

JAVIER VALLEJO 23/12/2007

 
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Esta farsa es como esas entradas de payasos donde el carablanca se cree listo pero es enredado por el tonto, el contraugusto siembra el pánico y el loyal acaba llevándose las bofetadas. Funciona como un reloj suizo: basta con darle cuerda. Feydeau escribía teatro sin que se le vea la escuela, con la naturalidad absoluta de quien anda instalado en su oficio desde siempre. Temía, malditos prejuicios, que Georges Lavaudant la sirviera demasiado fría, con más estética que nervio, pero, felizmente, la ha llevado a compás, sobre todo en el último tramo, sin pausa ni desperdicio.

Hay que purgar a Totó

De Georges Feydeau. Adaptación: Luis Blat. Con: Nuria Espert, Jordi Bosch, Gonzalo de Castro, Tomás Pozzi, Ana Frau, Carmen Arévalo, Manuel Millán. Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier. Luz y dirección: Georges Lavaudant. Teatro Español. Madrid. Del 22 de diciembre al 27 de enero.

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Hay que purgar a Totó es la crónica de la ruptura de un fabricante de loza (Jordi Bosch) con su esposa (Nuria Espert). Él aguarda en casa la llegada de un contratista del ejército, al que ha invitado a cenar: si elige sus orinales se hará millonario. A ella, en cambio, eso le importa un bledo. Su única preocupación es que Totó, su unigénito, anda aquejado de estreñimiento. Teme, absurdamente, que no si no se le purga, muera. Pero el niño, malcriado, se niega en redondo a tomar el laxante.

Con este asunto tan leve, Feydeau teje un disparate cómico de primera, donde equívocos y malentendidos se suceden y el humor absurdo, que Ionesco sistematizó tres décadas después, aflora a punta de pala. Jean-Pierre Vergier sirve al espectáculo con un espacio escenográfico único, levemente irreal: el despacho del fabricante Rebollo, asimétrico como el decorado de una película expresionista, siniestro y alegre a la vez, con una puerta minúscula y otra gigantesca y un diván calcado de Las hermanas Gilda, actualiza la función sin moverla de época.

El disparate, para que tenga gracia, hay que hacerlo muy serio. Jordi Bosch transmite flema, aunque su personaje siempre anda a punto de perderla: le ha cogido el tempo al género, respira bien el texto y lo enfatiza cuando hace falta. Nuria Espert debuta en la comedia después de cuatro décadas protagonizando tragedias y melodramas. Era un paso ineludible: es un género difícil, y no ha habido gran actriz trágica, desde María Guerrero a la Xirgu, que no haya ensayado el cambio de registro, para probarse a sí misma. Cuando mejor está es en los momentos netamente absurdos y cuando a su personaje le escuece lo que está pasando: por ejemplo, al dolerse cómicamente de que su marido se ande metiendo con mamá. Si recortara ese bailoteo de peso ligero en torno al marido que mantiene en algunos momentos sujetaría mejor sus réplicas.

Gonzalo de Castro encarna al atónito invitado de la pareja con vis cómica. Es el convidado de piedra de una batalla campal que le acaba salpicando, y de qué manera. Tomás Pozzi arrancó un aplauso espontáneo con la primera réplica de Totó. Le saca partido a un papel breve y contundente.

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