Una oscura huella de la fuga del tiempo
Es The Long Day Closes una película de rara complejidad, extremadamente difícil de ver, de sostener sin parpadear la mirada ante el intenso esfuerzo de atención que demanda del espectador. Su secuencia es un alarde de ejercicio de estilo antinarrativo: no cuenta nada, o si cuenta algo, este algo que cuenta no es narrable, pues no hay en el celuloide del filme ni el menor rastro de prosa, de agarradera material a la que asirse para decir: trata de esto o de aquello.Hay en The Long Day Closes pura musicalidad exterior e interior: la cadencia de un recuerdo recuperado con ecos de canciones soñadas, irreales, inidentificables y sin ordenación dramática, sino ordenación poemática: un conjunto de fragilísimas asociaciones metafóricas, de invisibles rastros de emociones que discurren a la sombra de un tiempo irremisiblemente perdido y evocado, no hace falta añadir que inútilmente. Es esta película una elegía ritualizada, que convoca sombras tan distantes y difuminadas, que ya carecen de perfiles y casi de identidad. Filme, por ello, escurridizo, casi imposible de imaginar fuera de la memoria. Y cuyo mayor mérito radica en su simple existencia, pues si -mientras se contemplan las imágenes de The Long Day Closes- uno cierra los ojos, salta a primer término la impresión de que lo que lo que se estaba viendo con los ojos abiertos es poco menos que imposible de ver y que su realidad se manifiesta precisamente al no verse, al esconderse en el recuerdo.
El largo día acaba (The Long Day Closes)
Dirección y guión: Terence Davies. Fotografía: Michael Coulter. Música: Bob Lockhardt. Produción: Film Four y British Film Institute, Reino Unido, 1992. Intérpretes: Marjorie Yates, Leigh McCormack, Anthony Watson. Estreno en Madrid: cines Renoir, en versión original con subtítulos en castellano.
Oquedades
De ahí la dificultad que entraña esta incatalogable obra del cine británico: no ocurre en las coordenadas reconocibles de un espacio y un tiempo, sino en la oquedad que dejan uno y otro en la conciencia cuando la abandonan. Es una película irreproducible verbalmente, imposible de contar. No hay en ella cuento, fábula, ficción, historia, sucesos, personajes, situaciones: todo lo que solemos buscar en una pantalla. Hay solo sombras incapturables: algo similar a esos sueños que al despertar la consciencia persisten y siguen viéndose, pero que al abrir los ojos se olvidan de pronto y es imposible reordenarlos y transmitirlos. Tal es el misterio de este filme: nos hace testigos de algo imposible de testificar. De ahí que The Long Day Closes se rechaza o se ama; irrita o emociona, pero nunca resbala.Aunque es una prolongación del anterior filme de Davies, Voces distantes, este The Long Day Closes no sigue literalmente la armazón del anterior. Pese a su inevitable proximidad estilística y temática -interiores del transcurso de la vida de una familia obrera inglesa visualizados a traves de la fuga del tiempo, de sombras de personajes probablemente muertos o de resonancias de lejanas músicas ambientales- con el primero, este nuevo poema escapa de la órbita de su hermano mayor: parte de él, pero busca metáforas más intrincadas por encima de él, en forma de espiral ascendente. El resultado es más preciosista y hermético: menos poroso. Música hecha imagen y viceversa, lleva dentro una arriesgada averiguación en los entresijos del lenguaje cinematográfico. De ahí que deben eludirlo quienes busquen en una pantalla acción, pues no es una película dirigida a ellos y les aburrirá.
Callejón sin salida
Pero quienes añoran la búsqueda de las articulaciones escondidas del lenguaje cinematográfico, aquí tienen mucho que ver. Davies explora la fluencia del tiempo y lo hace sin cubrirse las espaldas, con un evidente riesgo de darse un batacazo que finalmente no se da gracias a su extraordinaria sinceridad y a su sentido de la armonía, que le permite sostener este poema visual y musical en el filo de lo insostenible. Posiblemente -habrá que esperar a su próxima película- Terence Davies se ha metido en un callejón sin salida. Fascinante, pero quizás sin salida.
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