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UNIVERSOS PARALELOS
Columna
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El paraíso de los arios

Fue un autor europeo, Richard Rayner, quién detectó la paradoja. En Los Ángeles sin un plano (Anagrama), publicada en 1988, recordaba que Estados Unidos participó decisivamente en la derrota del nazismo, pero -con la industrialización propiciada por la II Guerra Mundial- el sur de California permitió la materialización del sueño de Hitler. Los nativos todavía no habían elegido al übermensch Arnold Schwarzenegger como gobernador pero ya se veía allí a los superhombres en todo su esplendor, "hijos y nietos de la gente más fuerte, más hermosa, más cuidada". Rayner quedó impactado por la cultura de las playas, con sus "tropas de asalto en bikini y sus nazis del surf". Ese mismo año, un rubio dios del rock, Axl Rose, explicitó su derecho de conquista en un desbarre de Guns N'Roses, One in a million, donde arremetía contra negros, inmigrantes y, de paso, homosexuales.

La historia del rock de Los Ángeles está tan marcada por las barreras raciales como el resto de la ciudad

Los Ángeles, con su insaciable sed de espacio vital, sería así el paraíso ario. Un triunfal experimento urbanístico, enclaves definidos por la raza y la clase social. Una galaxia de guetos patrullada por una eficaz Gestapo, el Departamento de Policía, que evita que se mezclen los dominantes con sus servidores: los latinos y, más reticentes, los negros.

Incluso en mundos supuestamente más tolerantes, como el del rock, los blancos se reservan la hegemonía. Se hace evidente en la magna antología Where the action is! Los Angeles nuggets, 1965-1968 (Rhino). Recopilación tan admirable por muchas razones, pero que ejerce una rotunda limpieza étnica: en sus 101 grabaciones, los únicos cantantes negros son Taj Mahal (fugaz socio de Ry Cooder en The Rising Sons) y Arthur Lee, de Love.

El responsable de Where the action is! se llama Andrew Sandoval y su apellido explica que sí haya un mínimo reconocimiento del potente rock del East Side, barrio mexicano de la ciudad; curiosamente, no aparece el artista chicano más popular de aquella era, Trini López. Pero esa ausencia no canta tanto como el desprecio total del soul de L.A. más heterodoxo, cercano al rock: los Chamber Brothers, Bobby Womack, Shuggie Otis, Ike & Tina Turner o algunas producciones de Barry White.

Los Ángeles adoraba a grupos británicos como los Beatles o los Rolling Stones, pero nunca pudo entender que ellos se reforzaran con Billy Preston, un instrumentista negro que vivía precisamente allí. Tampoco comprendió que el inglés Eric Burdon se uniera a Nightshif, una banda afroamericana con predicamento entre el público chicano. Rebautizados como War, fueron finalmente aceptados en los setenta pero el establishment crítico todavía deplora los discos grabados con War por Burdon, que cometió el pecado mortal de ignorar las invisibles barreras raciales.

La incomunicación entre razas explica una de las historias más pintorescas del rock local. Sly Stone cambió San Francisco por Los Ángeles y, en 1971, alquiló la mansión de John Phillips en el 783 de Bel Air Road: el ex líder de The Mamas & The Papas recibiría la nada despreciable cantidad de 12.000 dólares mensuales. Ésa era la teoría; en la realidad, Sly se rodeó de mafiosos negros que ignoraban los requerimientos del propietario. No procedía recurrir a los tribunales: tanto Sly como Phillips eran politoxicómanos a tiempo completo. En una metáfora perfecta de las tensiones raciales de la ciudad, Phillips se alió con un tercer grupo: reclutó a un pequeño ejército de jardineros mexicanos. Armados con machetes, se presentaron en Bel Air e hicieron entrar en razón al inquilino.

Quizás no hayan cambiado mucho las cosas. Una mañana radiante (Mondadori), de James Frey, es el último intento de englobar en una obra-mosaico la experiencia angelina. Entre sus tramas, está la relación entre una chicana y un anglo, al que ella conoce en la infernal casa donde limpia. Triunfa el amor y parece haber esperanza para la ciudad. Hasta que te das cuenta de que Frey simplemente ha reescrito el cuento de la Cenicienta.

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