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CRÍTICA: TEATRO

La sirena domada

JAVIER VALLEJO 28/03/2008

 
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La dama del mar es la respuesta de Ibsen a la oleada de críticas que levantó Casa de muñecas. En ambos dramas plantea el mismo asunto: no hay vida en pareja si la mujer no puede decidir por sí misma lo que desea. Nora, harta de Helmer, opta por dar un portazo que pasó a la historia. Ellida, la sirena varada, también está a punto de coger la puerta, en su caso para irse con un amante anterior que la tiene hechizada. Pero su marido, con todo perdido, pronuncia unas palabras mágicas: "Eres libre, haz lo que quieras". Y esa libertad, que ella no había sentido hasta entonces, hace que, de súbito, lo mire con ojos nuevos: su marido ahora le parece mucho más atractivo que su enigmático amante. Ya no quiere separarse de él.

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Susan Sontag, por encargo de Robert Wilson, dejó el argumento original en el hueso y añadió una coda, que no desvelaré. Con ese texto sintético, más narrativo que dramático, el director estadounidense ha hecho un espectáculo bello como un eclipse, de factura impecable, con momentos hipnóticos y alma de hielo. En sus manos, el escenario es una caja de ilusiones por la que los actores se mueven como peces en un acuario: con la misma y fascinante morbidez. Cautivan nuestra atención sin producir empatía alguna. Los vemos allí, en un mundo ajeno, donde nadie siente ni padece: parecen marionetas o recortes de papel.

Decir que la luz y el sonido son la mitad de este espectáculo no va en demérito de sus intérpretes, que están tan bien como los de cualquier producción foránea de Wilson que hayamos visto en España. Todos ellos son muñecos espléndidos, movidos con tiralíneas por un demiurgo que no les deja ni una porción de libre albedrío. Este montaje mantiene y acentúa aun la densidad simbólica del drama original, aunque lo deje en la raspa, sin carne ni sangre. Vestida por Armani y con el rostro pintado con luz verde por A. J. Weissbard, Ángela Molina es una sirena varada e indómita, hasta que su marido la rinde. El trabajo de Manuel de Blas se adapta bien a la estética expresionista del director y Lara Grube consigue en su debú teatral poner algo de aliento auténtico en medio del océano Glaciar Ártico.

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