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REPORTAJE: 61º Festival de Cannes

El vómito del miedo

Mike Tyson, el ex campeón del mundo de los pesos pesados, se confiesa en un fascinante documental-monólogo dirigido por su amigo James Toback

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Cannes - 18/05/2008

 
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"No soy un animal. Sólo soy un ser humano asustado". Miedo. Ésa es la palabra que Mike Tyson, ex campeón del mundo de los pesos pesados, repite sin parar en el documental que sobre su vida ha dirigido James Toback. El boxeador presentó ayer en Cannes, dentro de la sección Una cierta mirada, la película, y volvió a repetir que su furia proviene de un mismo lugar: el miedo.

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"He sido muy duro conmigo, no tengo una alta opinión de mí mismo"

"Fui viejo demasiado pronto y listo demasiado tarde", dice el púgil

Sólo en el cuadrilátero, escenario para muchos de la mayor tragedia americana, Tyson lograba concentrarse hasta perder sus temores. En el ring perdía el miedo a la humillación, al caos de su cabeza, al rechazo de los otros, a la soledad, a perder el control, a no saber vivir lejos de los extremos, a las drogas, al alcohol...

El filme es una larga entrevista, un monólogo salpicado por imágenes de archivo, en el que el boxeador se desnuda confesando sus peores pesadillas. Un filme entregado al personaje (Toback no oculta ni su amistad ni su fascinación por Tyson) en el que el púgil habla de sus tres años de cárcel acusado de violación a la joven aspirante a Miss América Negra Desiree Washington, de su fascinación por las personalidades extremas y adictivas, de su hambre de sexo después de años de entrenamiento y obligada abstinencia o de su famoso bocado a la oreja de Evander Holyfield en el combate de 1997: "Me volví loco. Perdí la cabeza. Pero no lamento haberle mordido, sólo me arrepiento de haber perdido mi disciplina".

Una disciplina que aprendió de la mano de su maestro y mentor, el entrenador Constantin d'Amato, a quien la película reserva los momentos más inspirados, como el viejo D'Amato confesando en un programa de televisión que "su chico" lo agarra a la vida o, en las cuerdas de un sudado gimnasio neoyorquino, repitiéndole a un crío de aspecto entonces hermoso y feroz que sea más rápido porque la velocidad "mata".

Tyson, que habla con el mismo tono de felaciones-exprés en fiestas de modelos, millones de dólares gastados en una partida y épicas derrotas, asegura que no sabe bien por qué aceptó la invitación de Toback de confesarse ante la cámara, y que, aunque no le importa hablar de su vida, siente pudor al verse y escucharse. "Siempre he sido muy duro conmigo, no tengo una alta opinión de mí mismo, nunca la he tenido. No me siento ejemplo de nada. No me gusta verme y escucharme, pero confiaba en James y lo hice". Toback, por su parte, explica que fue la muerte de su madre y ver que Tyson estaba en pleno programa de rehabilitación lo que lo empujó a grabar sus largas conversaciones sobre temas que ambos habían compartido durante años.

Hoy Tyson convive con una resignación casi monacal con su propio monstruo, con la impotencia ante un futuro incierto y la sombra de un pasado tortuoso. Confiesa que "por desgracia" ha maltratado a mujeres y que es incapaz de vivir de una manera ordenada, que sólo en los extremos ("el fango o el cielo") sabe desenvolverse. "Es un milagro que haya llegado vivo a los 40", dice, para luego añadir: "Fui viejo demasiado pronto y listo demasiado tarde".

Amigos desde hace más de 20 años, Toback aseguró ayer que la figura hipnótica del boxeador -hoy con su rostro sonado tatuado con un símbolo maorí y obligado a peleas en las que no cree para ganar el dinero que ha perdido- es un icono de la cultura de su país y un reflejo de sus lados más intransitables. "Mohamed Ali es la personalidad y el carisma, pero Tyson es el boxeador, por la velocidad, la precisión y el poder". El cuatro veces campeón del mundo, preso de un cuerpo brutal que mueve con inquietante lentitud, recuerda que el boxeo era toda su vida: "Yo me lo sabía todo, veía todas las películas de los viejos combates, conocía cada pelea, cada fecha, cada dato, el nombre de las madres de cada boxeador. No se me escapaba nada. Era realmente increíble". Tyson dice que no entiende ni de mensajes ni de películas. Le gustaría, eso sí, transmitir algo de esperanza, porque sólo sabe vivir luchando, y una recomendación: la mejor película de boxeo es Gentlemen Jim, con Errol Flynn.


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