HERNÁN IGLESIAS - Madrid - 23/12/1999
El mismo día que se quedó sin presidente, el día en el que todo fue confusión y nada más que desastres para el Atlético, ese día los futbolistas de Ranieri decidieron jugar su mejor partido de la temporada. Un partido que quedará en los libros del Atlético como una anécdota, como la apostilla tragicómica a un día infausto, pero que permitirá a Jesús Gil dormir, tal vez, un poco más tranquilo. En el peor de los escenarios posibles, el equipo se destapó con una actuación formidable, de sobra necesaria para vencer al Oviedo, un equipo voluntarioso y armónico pero excesivamente frágil.El Atlético se tomó el desafío como un asunto personal: salió al campo hecho una tromba y se llevó por delante al Oviedo, que a los diez minutos perdía 2-0. Si Luis Aragonés esperaba un rival dubitativo y temeroso -el Atlético habitual de esta Liga-, el aluvión de los primeros compases le rompió el guión. Al Atlético le daba igual: había que ganar como fuera y dedicar el primer gol al presidente malherido, cosa que hicieron. Se abrazaron los diez hombres de campo (todos menos Molina), y apuntando con sus índices al palco rindieron pleitesía a Gil, como si fueran gladiadores del Imperio Romano saludando al César antes de morir.
El Oviedo entregó pronto el partido. Propuso un desarrollo aseado, un encuentro entre caballeros, pero el Atlético no hizo ni caso. Los asturianos llegaron al Calderón para jugar un partido de rutina, y se encontraron a un equipo que estaba de muy mal humor, en su peor día del año. También se encontró el Oviedo con Celso Ayala, un futbolista que no hace una mueca en todo el partido, pero que rara vez se equivoca.
Claudio Ranieri lleva cinco meses pidiendo a sus jugadores que sean unas fieras en el campo, "máquinas". Hasta ahora lo había conseguido a medias, en algunos partidos y durante pocos minutos. Contra el Oviedo el esfuerzo fue total: daba la impresión de que los jugadores querían ganar porque les iba la vida en ello. Como ocurre en todas las familias, la desgracia une, y el Atlético fue una piña.
Entre los escombros de una institución que se cae a pedazos, los futbolistas del Atlético se brindaron un homenaje a ellos mismos y a la afición, que esperaba el gesto desde hace mucho tiempo.
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