Miércoles, 25/11/2009

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ANÁLISIS: Relevo en el banquillo del Bernabéu

Presidente Raúl

JOSÉ SÁMANO 10/12/2008

 
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Con Ramón Calderón escoltado por los Ultras Sur, Bernd Schuster con bandera blanca ante el Barça, Pedja Mijatovic del brazo de Van der Vaart y Huntelaar y Míchel desbravado contra el presidente, Raúl acudió el lunes al rescate del Madrid, de la institución y del equipo. Lo hizo cuando entre tanto delirio puso el acento en la genética madridista, un club sin imposibles en el que la rendición es un delito. Raúl lo sabe, se acunó así. Es el eslabón de Di Stéfano, Pirri, Camacho y muchos otros. Por eso anteayer, con los jerarcas en las trincheras, fue quien puso un punto de sensatez al proclamar la capacidad del equipo ante la cita con los azulgrana. Un mensaje en apariencia intrascendente, pero que puso a Schuster en la diana. Raúl, siempre dispuesto a la vena heroica, quiere aventureros a su lado, no técnicos que capitulan de tal forma que enmudecen en el descanso ante el Real Unión, no se apuntan voluntariamente a un entrenamiento tras caer en Valladolid o se arrugan ante una visita al Barça. Y todo, con el amparo de un rector presidencial angustiado por el correo de las urnas, las cuentas o el álbum fotográfico de sus predecesores.

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La firmeza del capitán ante la debilidad del club terminó por arrastrar de forma subliminal a Schuster

Calderón sigue convencido de que la Liga de Capello se ganó por su paciencia con el italiano. Nada dice de la autogestión anímica de una plantilla que el transalpino consintió y de la que terminó por ser un feligrés más. Esta vez, con Schuster de fondo, no había causa común posible. Del juntos podemos a juntos ya no podemos más.

Con una plantilla desequilibrada, la enfermería a rebosar, un presidente en campaña continua, un director deportivo que pretende hacer en diciembre los deberes de junio, un técnico descreído y un responsable de la fábrica dimitido, Raúl pasó de capitán a gobernador. El club lo necesitaba, y lo hizo sin sobrepasar los límites de su brazalete. Schuster estaba superado y alguien tenía que sujetar al Madrid. Sólo él se mostró firme ante la debilidad de un club que se resetea constantemente: tardó 32 años en conquistar la séptima Copa de Europa y desde entonces, en una década, ha tenido cinco presidentes, seis directores deportivos y doce entrenadores. De catarsis en catarsis, rehén de su grandeza y su capitalización social, que no mercantil, el Madrid resiste cualquier vaivén siempre que prevalezcan sus valores: entereza, fe, pasión, autoestima, la ensoñación permanente. Justo lo que representa Raúl.

Intencionada o no, su intervención del lunes, tras una épica derrota ante el Sevilla, retrató de tal forma a Schuster, indolente también tras el batacazo de Getafe, que Calderón se quedó sin coartada. Y, de paso, Mijatovic, que no titubea cuando toma decisiones, encontró la puntada que le faltaba para despedir al técnico. Buen o mal entrenador, Schuster se alejó del credo madridista, el único que hoy puede rehabilitar al equipo. Raúl, de forma subliminal, y Mijatovic, de forma directa, lograron que el presidente fuera presidente por un día.

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