Miércoles, 11/11/2009

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PAUL SHIRLEY Baloncesto

El entrenador en la NBA, una figura decorativa

PAUL SHIRLEY 15/12/2008

 
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Mientras veía el final de la victoria de Unicaja frente al Olympiakos en un partido de la Euroliga, me volví hacia uno de mis compañeros de Málaga y le dije: "Es una lástima que los estadounidenses no puedan ver estos partidos. Creo que les gustarían más que los de la NBA". Ese compañero no conoce mi idioma nativo, así que puede que haya pensado que estaba poniendo por los suelos la política exterior griega o pontificando sobre el posible efecto que tendrá la crisis financiera mundial para los deportes profesionales. Supongo que ésa es la razón por la que lo repito aquí. Me parecía que era algo interesante y no quería que se desperdiciase. (Interrumpo aquí para darme de cabezazos contra la mesa al recordar que esto todavía tiene que ser traducido a otro idioma, lo que hace que sea perfectamente posible que mi razonamiento se pierda o se tergiverse una vez más).

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Una razón por la que el baloncesto europeo es más entretenido de ver que su equivalente estadounidense es que los entrenadores tienen realmente alguna influencia en sus jugadores. Cinco entrenadores principales de la NBA han sido liberados de sus responsabilidades como niñeras este año (P. J. Carlesimo en Oklahoma, Eddie Jordan en Washington, Randy Wittman en Minnesota, Sam Mitchell en Toronto y Maurice Cheeks en Filadelfia) y es probable que rueden más cabezas de congéneres suyos antes de que termine la temporada. Estos despidos son poco más que pompa y solemnidad. Los Timberwolves de Minnesota no perdían porque Randy Wittman fuese un mal entrenador; perdían porque tienen peores jugadores que cualquier otro equipo. (Lo que no quiere decir que Wittman no sea un mal entrenador. Su historial profesional, con un porcentaje de victorias que ronda el 30%, parece indicar que no es Phil Jackson precisamente).

Los entrenadores de la NBA tienen tan poco poder porque los jugadores tienen muchísimo. Ese poder lo tienen asegurado por contratos garantizados a largo plazo y por un entorno condicionado por el marketing, que necesita crear estrellas individuales. Mientras en Europa la atención se centra en el equipo, en la NBA se centra en el individuo. Si resulta que un individuo no está contento con su entrenador, el equipo encuentra a otro. Es probable que el jugador en cuestión gane seis veces más de lo que gana su entrenador. Despedir al entrenador no es más que una medida fiscalmente responsable. Especialmente cuando es tan fácil encontrar a otro igual de mediocre, aunque sólo sea porque el siguiente estará igual de atado de manos que el anterior.

Por supuesto, hay algunas excepciones. Durante mi época en Phoenix, siempre me impresionó la forma en que Mike D'Antoni enfocaba el oficio de entrenador en la NBA, principalmente porque D'Antoni era consciente de su propia insignificancia. Recuerdo perfectamente una de esas cálidas noches de Phoenix en la que estábamos formando un corrillo durante un tiempo muerto con Alvin Gentry, que ejerció de ayudante mucho tiempo. Yo no paraba de hablar sobre los cambios que podíamos hacer cuando me cortó y dijo: "Paul, todo eso está muy bien, pero no tiene ninguna importancia. Lo que importa es si tenemos mejores jugadores que ellos. Si es así, ganaremos la mayor parte del tiempo. Si no es así, perderemos la mayor parte del tiempo".

De modo que entrenar en la NBA es como ser rey en el siglo XXI. Es una figura decorativa. Evidentemente, algunos reyes son mejores que otros. Los buenos pueden impulsar una cultura de servicio público, por ejemplo. Exactamente igual que un buen entrenador de la NBA puede alimentar una cultura consistente en jugar de forma defensiva de vez en cuando. Pero no es probable que ninguno vaya a cambiar mucho las cosas.

De modo que se seguirá despidiendo a los entrenadores. Y probablemente se volverá a contratar a esos mismos. Y, mientras tanto, de puertas para adentro, la gente que sabe cómo funcionan las cosas en la NBA seguirá haciendo todo lo que pueda para conseguir jugadores mejores que les den una oportunidad de ganar y que, a su vez, minarán la autoridad de los entrenadores a los que se contrata. Y el ciclo continuará.

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