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CRÓNICA: PEKÍN 2008 - Taekwondo

Las lágrimas de Ramos

El español, víctima de sus dudas, acaba quinto en taekwondo tras optar al título

J. J. M. - Pekín - 21/08/2008

 
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El hombre duro se puso a llorar al llegar a semifinales. El crespón negro en honor a su padre pendía de su brazo. La maltrecha rodilla derecha escocía tras un golpetazo. Y su rostro, mármol duro, cuarzo y roble, se rompió en mil pedazos cuando todo estaba aún por ganar. "Estas emociones son jodidas, muy jodidas. Esta es la ilusión de mucha gente". Juan Antonio Ramos, campeón mundial de taekwondo de menos de 58 kilos, perdió ayer el bronce en el último suspiro -quedó el quinto- se dejó la mano izquierda y media rodilla en ello, y sufrió un mundo en el camino.

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Nada más terminar su primer combate, Ramos enfila la bocana del vestuario y estalla mostrando con ira sus dientes mellados. "Nos tienen manía", dice. "Parece la espina de siempre. Le he metido cuatro puntos y no han subido al marcador", cuenta sobre su combate contra el belicense Martínez (2-1). "No sé qué hay que hacer. La puntuación es extraña. En los Juegos de Atenas ya fue un escándalo". Ramos, cuarto en la cita griega, mastica el drama desde la primera luz del día. Se recluye durante cuatro horas en el vestuario, esperando el próximo combate. Pide pasta blanca, sin aditivos. Y sigue pensando sobre sus emociones, una tormenta desatada en su interior, el mundo a sus pies a cambio de traicionarse a sí mismo. Ramos es puro fuego. Y todos, su técnico; el seleccionador; y Brigitte Yagüe, campeona mundial y su novia, le piden que sea frío. Hielo congelado contra su corazón encendido.

"¡Vamos pequeño, vamos!", le grita Brigitte desde la grada. "Poco a poco Ramos, poco a poco", le insiste en cuartos, a un paso de las medallas. Y Ramos, pensando. El instinto o el plan. Brillan desde lo alto de la grada una decena de cámaras, cada una en las manos de un técnico de equipo. Y Ramos, pensando. El instinto o el plan. Las cámaras siguen operando mientras un potente ordenador portátil analiza el combate. Y Ramos, en la prórroga, con la victoria en la mano del primero que puntúe. El instinto o el plan, la sangre o la estadística. "¡Finta!, ¡Finta!", se escucha. "¡Finta Ramos, por Dios!", se imagina. "¡Hay que moverle!". Y Ramos, con la cabeza aún marcada por las manos de Martín, su maestro, que antes del combate le recorre el cráneo, le suelta, y le dice con los dedos: "¡Tranquilo, Ramos!". Consejo aprendido. Ramos, frío, llega a semifinales. Y llora. "Esto es importante para mucha gente".

Ramos se imagina con la medalla al cuello. Superado el escollo de los cuartos en la muerte súbita, pierde el pase a la final en el mismo punto. Llega cojo a la pelea por el bronce. Mide mal. Derrota (4-1), lágrimas y despedida. "Nadie se acuerda de los quintos. Había venido a por medalla", dice, destrozado, rotas la cara y el alma. "Me he quedado con la misma mierda que en Atenas".


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