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JUEGOS OLÍMPICOS | BALONMANO

Del plomo al bronce

Pastor conduce a España a un milagro olímpico con el tercer puesto tras derrotar a Croacia

CARLOS ARRIBAS - Pekín - 24/08/2008

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Si la dinámica de fluidos es difícil de entender, más aún lo parece la de grupos, más imprevisible y complicada de resumir en fórmulas, y no digamos la de grupos deportivos. Por ejemplo, la de un equipo de balonmano. La selección española, sin ir más lejos, que ayer cerró el ciclo Pastor, iniciado con un oro inesperado en el Mundial de Túnez 2005 ante Croacia y cerrado ayer, tres años después, con otro bronce imprevisto ante el mismo rival. Como no hay ciencia capaz de explicar la larga marcha olímpica de este conjunto que llegó a Pekín sin apenas publicidad, precedido de un serio patinazo (séptima plaza) en el último Mundial, sin el central titular y sin el mejor pivote del mundo, sólo cabe lo irracional como razón.

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Pastor, el técnico, que es de Valladolid, por lo tanto de los que aún creen que encima de la niebla hay cielo, y actúa con el atrevimiento que da el saber que detrás de cada fachada se esconde una realidad más falsa aún, comenzó el torneo con milagros pequeños, arriesgados y poco efectivos, vistosos, sin embargo, como el de convertir al tímido Malmagro en Barrufet de pega para jugar el ataque de las inferioridades, pero terminó a lo grande. Bajo la mirada atenta de Iñaki Urdangarín, que antes que duque y yerno real fue lateral, y se retiró en la pista olímpica de Sidney con el segundo bronce consecutivo de España, el último hasta ayer, el agua se hizo vino, el loco Romero se transformó en el cerebral Chema Rodríguez -el central añorado-, se multiplicaron los panes y los peces, el tosco Carlos Prieto fue, de repente, el felino y letal Roli Uríos -el pivote herido-, el juego libre acabó siendo la maldición del equipo del Balic desquiciado, y el plomo fue bronce. Hombrados, no, Hombrados fue siempre Hombrados, o sea, el chico que lo hizo todo bien: paró, robó, dirigió y hasta miró el reloj a tiempo para invitar a Barrufet, cuatro Juegos Olímpicos, tres medallas, en sus 38 años y dos metros de portero, a despedirse de la selección desde la cancha.

Otros tratarán de explicarlo buscando argumentos en los libros de química y no de metafísica. En la química en la que se basan las relaciones grupales, las que hacen brotar la adrenalina de una simple mirada, o las lágrimas de un mínimo abrazo.

Después del partido de liguilla contra Francia, que finalmente alcanzó el primer título olímpico de su historia al derrotar (28-23) a Islandia en la final, la cosa estaba tan baja que, aquello sí que fue un milagro, le costó al siete de Pastor hasta ganar a Brasil por un gol y llegar a cuartos, que, como todos sabían, era el mínimo necesario. "Todo era sólo un preámbulo para el cruce de cuartos, que era donde en realidad comenzaba el torneo", dijo Pastor. Tocó Corea, victoria segura, lucha por las medallas, maldición: el equipo invisible, al que, tapado por el baloncesto, nadie hacía caso, salía a la luz de los medallables, con lo que las críticas implacables tras su derrota en semifinales ante la asequible Islandia desbordaron su capacidad de aguante. "Todo aquello nos dejó anímicamente destrozados", dijo Hombrados, que es casi tan viejo, un par de años menos, y tan alto como Barrufet. "Fue durísimo levantarse al día siguiente. Yo, personalmente, estaba que me quería ir a casa".

No había digerido el milagro, entonces, el guardameta madrileño, el milagro de ver a Romero haciendo jugar a los extremos, a Juanín, que fue Juanín, mortal en la derecha; dándole juego al pivote, a Prieto que fue Uríos; y en vez de jugarse en disparo absurdo todos los balones, combinando con Alberto Entrerríos hasta en un flying en el minuto 22 de la segunda parte que abrió a cinco la ventaja por primera vez. El remate de una medalla aparentemente inesperada. "Pero no", rebatió Pastor. "Hemos merecido el bronce. Si estábamos aquí era por algo".

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