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REPORTAJE: El futuro de la enseñanza superior

Francia quiere reagrupar sus universidades

Los centros de estudios superiores galos luchan contra la atomización de sus campus

OCTAVI MARTÍ - París - 15/01/2007

 
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Francia cuenta con 85 universidades en funcionamiento, la última de las cuales nacida en Nîmes, el año pasado, a menos de 50 kilómetros de Montpellier y su importante polo universitario. Es algo que parece contradecir la tendencia dominante, que es la de reagrupar los centros y evitar las duplicaciones para poder presentar a los estudiantes una oferta más completa y, sobre todo, de mayor calidad.

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Los colegios universitarios están esparcidos por todo el territorio

Para las universidades francesas, la urgencia del reagrupamiento se ha hecho evidente estos últimos cuatro años, a raíz de la publicación de clasificaciones internacionales de calidad universitaria. Según la universidad de Shanghai, el mejor centro francés no aparecía hasta el puesto 65 mientras que, según el baremo del Times, la mejor ocupaba el puesto 18, la École Normale Superieure.

Obviamente, en todas esas clasificaciones pesa en contra de los centros franceses -y españoles, alemanes o italianos, claro- el no tener el inglés como única lengua de trabajo, pero eso sólo explica parte del problema. Tal y como expone en el diario Le Monde Bernard Carrière, presidente de una de las tres universidades de Estrasburgo, "detrás de esa necesidad de reagrupar está la idea de masa crítica, que hay que situar entre 10.000 y 30.000 estudiantes". La de Nîmes tiene 3.500. La futura de Estrasburgo tendrá 40.000 estudiantes y 2.500 profesores e investigadores.

Las de París, Lyón, Burdeos, Rennes, Clermont Ferrand, Montpellier, Aix-Marseille, Grenoble, Toulouse, Lille y Nancy se dicen interesadas por la tendencia. Otras, más pequeñas, centros en los que a veces hay unas pocas facultades, estudian llegar a acuerdos con las de localidades vecinas. Es el caso de Le Havre, Caen y Rouen, o de todas las alsacianas, incluso las de ciudades rivales como Metz y Nancy, o las de regiones relativamente amplias, como la que configura un triángulo en cuyos vértices están Orleans, Limoges y La Rochelle.

Más difícil es saber qué hacer con los colegios universitarios o centros delegados, que andan esparcidos por toda la geografía y que responden menos a una lógica de especialización que a la de ofrecer satisfacción a localidades que necesitan retener a sus jóvenes. Ahí la lógica económica cede el paso a los intereses políticos, pues ningún alcalde o diputado puede aceptar que se cierre una de esas antenas universitarias, por ruinosa que sea y aunque el valor que se conceda a sus enseñanzas sea menos que escaso. Más de 100 centros de esta categoría debieran quedar afectados por la tendencia.

En algunos casos, el carácter salomónico del mapa universitario llega a extremos grotescos, como en el de Córcega. La isla tiene dos localidades de más de 35.000 habitantes, Ajaccio y Bastia, una en cada costa, pero la universidad está en el centro, en Corte (6.400 habitantes), que, a continuación, ha creado antenas en las dos ciudades rivales.

Al margen de la lógica que impone la geografía, existe también el problema que separa las Grandes Écoles de las universidades de masas. Aquellas, aunque públicas, son caras y su acceso queda restringido a alumnos que superan difíciles exámenes de ingreso y que acaban el bachillerato con un expediente idóneo. Éstas, las universidades, confían en su carácter masivo precisamente para desanimar, desde el primer año, a una gran mayoría de estudiantes, que abandonan algo por lo que tampoco han tenido que luchar demasiado. Ahí está también el problema de la falta de motivación de muchos estudiantes ante unos estudios que no desembocan en ningún futuro profesional. Y en esa falta de futuro aparece incluido el parque de profesores, que tiende a envejecer, a desilusionarse, a permanecer en el puesto -mal pagado pero poco exigido- sólo porque para ellos también pasó la época de las oportunidades.


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