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CRÍTICA

Vida privada de una idea

JORDI GRACIA 09/07/2005

 
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Cuando haya que contar lo que sucedió en nuestra historia intelectual a finales de los años sesenta, en torno a 1968, me parece que no van a valer sólo los iconos clásicos tocados por París, o Berkeley o la contracultura de marras, porque la duración y la eficiencia del trabajo de unos cuantos fue entonces una pequeña revolución trascendental: vino a mostrar que trabajaba gente mayor y gente joven como si viviesen en un país de veras moderno, informado, con enlaces culturales con toda Europa y prácticamente sin rastro de la atonía asténica y desnutrida que solemos asociar con la etapa franquista. También este libro es, inevitablemente, hijo de la cultura franquista, porque de ahí nace y en la Universidad española de su tiempo se forja y crece su autor, cerca de maestros como Martín de Riquer o José Manuel Blecua.

El filósofo griego Aristóteles, según Loredano
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El filósofo griego Aristóteles, según Loredano-

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Y nada menos que una metáfora que agrupa al hombre y al mundo -"al hombre llaman pequeño mundo" (Lope de Vega)- es la pejiguera que le dio por seguir a un joven que no tenía treinta años, anárquico y neurótico, metódico, fiable y creativo maestro de la filología española. Algunos tuvimos la suerte de leer ese libro en la segunda edición, en 1986, porque en la de 1970 poco menos que gateábamos, y descubrir en cierto modo lo que nunca seríamos capaces de hacer y nunca renunciaríamos secretamente a soñar con hacer algún día: saberlo todo de los clásicos y saberlo en vivo, conectado con la vida real (aunque no sé si con la posmodernidad, como ha querido decir con hipérbole insalubre la contraportada).

Si a Rico, según confesión propia, le adornaban varias y obvias limitaciones, a nosotros nos perseguía una mucho mayor; el deslumbramiento por la obra de un muchacho que dejaba atrapada una secuencia literaria en una novela sin enredo (como las que redacta Andrés Trapiello en sus diarios y que seguro que a Rico le encandilan) pero con enseres no de cada día sino de las lecturas que el azar y la obstinación le fueron poniendo delante de los ojos: la tradición culta y algo de la popular de Occidente en su variadísima y jugosa asimilación del hombre a un mundo en pequeño, en el que todo está.

La erudición con cara y ojos no se hace sólo con solvencia documental e histórica, sino con una persona real, hecha ella misma mundo reducido a las páginas del libro con un sujeto propio, el yo de un autor que asoma aquí y allá para burlarse de un texto medieval y remoto, para manejar con gracia este o aquel dato, o para anotar con un desparpajo entre juvenil y sabio lo poco que le interesaba en esos años del mayo redicho una filosofía que ha "atronado los oídos -preferiblemente en alemán- con exégesis trascendentales de poemillas inocentes, y no en balde han dejado de sorprendernos las varias metafísicas deducidas de la caza, los toros o las teteras...

". Tanto si entre las teteras y los enigmas andan Heidegger y Ortega como si no (que es lo más probable), el asunto de fondo de este libro está en el espacio que ocupó en las letras clásicas españolas la microcosmía del hombre, a distancia de la metafísica y los "comentos escolares a la Física" y mucho más cerca de la literatura y los rudimentos de ella que se le pueden exigir a un autor.

ma clásico eran, explica Rico, los libros misceláneos, por mucho que quien ha sabido contar la vida privada de esa idea en nuestras letras -que arrancan con Aristóteles y pasan por Cicerón o Séneca, se amoldan con júbilo en Lope de Vega o Quevedo y alcanzan hasta Jorge Luis Borges o Jaime Gil de Biedma- no haya hecho ese tipo de libro sino un formidable estudio cuajado de fuentes y citas, con una pedantería caliente de voz propia, valiente en la libertad con que rastrea los usos y las metamorfosis de su asunto e imaginativo siempre en la manera de comprometer al lector con una idea que fue común para los clásicos y cuyo recorrido a muchos todavía nos deja con la boca abierta, como hace veinte años.

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