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CRÍTICA

La carga del hombre blanco

ENRIQUE GIL CALVO 28/01/2006

 
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La obra de Niall Ferguson sobre el Imperio británico, deudora de una serie de éxito de la BBC, aborda un balance de ese colonialismo, entre las rapiñas y el legado cultural.

He aquí un curioso best seller histórico, pues no se trata sólo de la enésima síntesis sobre el ascenso y la caída del Imperio británico, sino que añade la originalidad de estar escrito por encargo para reciclar el éxito obtenido por la previa serie de televisión (Empire) que la BBC le encargó a su autor. Este origen audiovisual se nota en la factura del libro, que tiene más de reportaje periodístico, folletón por entregas y melodrama sensacionalista que de sesudo ensayo académico. Lo cual no le quita ni un adarme de brillantez al producto resultante, que además de comercial es sólido y convincente.

Dos viajeros británicos, con guardias y porteadores, en 1887
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Dos viajeros británicos, con guardias y porteadores, en 1887- CORBIS

EL IMPERIO BRITÁNICO. Cómo Gran Bretaña forjó el orden mundial

Niall Ferguson

Traducción de Magdalena Chocano

Debate. Barcelona, 2005

493 páginas. 21 euros

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Respecto a su contenido, el libro también es un reciclaje de las dos obras anteriores que como historiador le proporcionaron notoriedad a su autor: su síntesis de historia económica The Cash Nexus (traducido por Taurus en 2001 como Dinero y poder en el mundo moderno) y su monografía sobre la Primera Guerra Mundial (The Pity of War). Pero lo más interesante de esta entrega no son sus aportaciones historiográficas, sino el análisis político que se esconde tras ellas, que es un apenas disimulado propósito de justificar la ejecutoria del colonialismo británico. Durante toda la segunda mitad del siglo XX, los ingleses se han estado disculpando por su pasado imperial, sinceramente arrepentidos del colonialismo que les reprochaban sus primos estadounidenses. Pero tras el 11-S y las conquistas de Afganistán e Irak, los anglosajones han recuperado su arrogante orgullo imperial. Y este blairiano libro es buena prueba de ello, pues superado el anterior remordimiento poscolonial ahora ya no se tiene empacho en reivindicar el legado imperialista victoriano. Así se entronca con Rudyard Kipling, Nobel de Literatura, que en 1899 publicó su famoso poema La carga del hombre blanco como exhortación a Estados Unidos, tras su victoriosa guerra contra España que le permitió hacerse con Cuba y Filipinas, para que tomasen el relevo imperial en pos del ejemplo británico.

¿Hasta qué punto puede considerarse, en la línea apologética de Kipling, que la obra del imperialismo inglés fue progresista y civilizatoria? Ferguson es muy consciente de que, además de las posibles luces imperiales, existen otras muchas sombras que manchan la ejecutoria británica, y en su libro no se ocultan las rapiñas expropiatorias ni las matanzas indiscriminadas de irlandeses, jamaicanos, indios, cipayos, zulúes, matabeles, sudaneses o boers. Pero en la balanza entre luces y sombras extrae un saldo final inequívocamente positivo, pues para él la colonización británica de la cuarta parte del planeta creó una cascada de imprevistos efectos benéficos. Es verdad que los ingleses no lo buscaron así, pues como ya se ha dicho tantas veces, el suyo fue un imperio adquirido "en un momento de distracción". Sólo se inició de modo informal mediante recursos no estatales sino privados (corsarios, comerciantes...) para defenderse del auge de los imperios coloniales que construían españoles, portugueses, holandeses y franceses.

Cuando los ingleses se hicie-

ron en el siglo XVIII con un imperio colonial, tras su victoria en la guerra de los Siete Años, enseguida perdieron la colonia predestinada a sucederles en el dominio del mundo, Estados Unidos. Y si ya entrado el siglo XIX el Imperio británico, hasta entonces privado, se formalizó como tal, sólo lo hizo para rivalizar con los nuevos imperios emergentes tras la industrialización: el alemán, el francés, el ruso, el japonés... Imperios todos éstos mucho más criminales que el inglés que, a fin de cuentas, fue el menos malo de todos en tanto que benigno colonialismo con rostro humano. De ahí que Ferguson considere que la mejor herencia legada por el Imperio británico son las instituciones consustanciales a la modernidad: el parlamentarismo, el gobierno representativo y el imperio de la ley, sin las que el desarrollo no resulta posible.

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