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CRÍTICA: EQUIPAJE DE BOLSILLO

El dolor de leer a Coetzee

LUIS MATÍAS LÓPEZ 26/05/2007

 
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Por los libros del surafricano J. M. Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) hay que pagar dos veces: una, al adquirirlos; otra, al leerlos. El precio más elevado es el segundo: el desasosiego, el malestar, el dolor incluso. Adentrarse en sus novelas, en sus ensayos (como Contra la censura, recientemente editado por Debate) o en sus obras más inclasificables (como Elizabeth Costello) supone sumergirse en un territorio tenebroso, el de los rincones más oscuros del alma humana, allá de donde es muy difícil escapar, o de donde, lisa y llanamente, no hay salida. Al mismo tiempo, es poco menos que imposible hallar en el panorama literario actual una voz más auténtica que la de este surafricano, actualmente residente en Australia, del que cabría decir que, más que recibir prestigio con el Nobel de 2003, ha prestigiado al Nobel. Cuesta perdonar al comité por el retraso en concedérselo.

VIDA Y ÉPOCA DE MICHAEL K.

J. M. Coetzee

Debolsillo. Barcelona, 2007

190 páginas. 7,95 euros

HOMBRE LENTO

J. M. Coetzee

Debolsillo. Barcelona, 2007

260 páginas. 8,50 euros

Entre Vida y época de Michael K. y Hombre lento, que ahora edita Debolsillo, median 22 años y un océano. La primera de estas novelas es de su época surafricana, y la guerra civil es el paisaje que enmarca una historia de dolor, desamparo, crueldad y desesperación, con un protagonista tan al borde del abismo que la cuestión no es si se precipitará en él, sino cuándo ocurrirá y qué podrá salvar de su dignidad.

La principal diferencia en cuanto a Hombre lento es que, aunque a Coetzee parezca interesarle más lo que hay dentro que fuera de sus personajes, la tragedia de Michael K. tiene mucho que ver con su raza y su absoluta falta de recursos, mientras que Paul Rayment tiene una cuenta saneada en el banco. En este caso, la tragedia llega de la mano de un absurdo accidente que le cuesta una pierna y que le enfrenta abruptamente a la edad (ronda los sesenta), la dependencia y la soledad. Y la soledad elegida es un don, pero forzada es una maldición. Y no es fácil comprarla, ni siquiera con dinero. Finalmente, Elizabeth Costello (un personaje con el que Coetzee se burla del realismo y se permite piruetas diversas) irrumpe en su vida y le hace reflexionar. ¿Para rescatarle? No exactamente. Eso dejaría un buen sabor de boca al lector, y Coetzee nunca lo permitiría. Él quiere hacer daño, aunque su objetivo sea, tal vez, la redención a través del conocimiento de uno mismo.

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